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sábado

8: CASABLANCA SIN BOGART, de Ana Durá Gómez

Que vivimos sin poder ver el futuro, como si un impenetrable muro nos separase de él, parece una afirmación que todos darán por buena. Aun así, ocurre a veces un extraño fenómeno: alguien consigue arañar un hueco en ese muro y, asomándose a la rendija, aunque sea de manera muy fugaz, le echa un vistazo al futuro. Algunos de esos vistazos han sido aterradores: 1984,  La naranja mecánica, Fahrenheit 451, La isla...

Al leer “Casablanca sin Bogart” es inevitable acordarse de esas visiones.

 


 Ana Durá también ha tenido una visión, como Orwell, como Burguess, como Bradbury.

Se distingue que un autor (autora, en este caso) no nos está contando un cuentecillo que se le ha ocurrido mientras tomaba el té sino una poderosa visión que le atormenta, porque al narrarla necesita reinventarse el lenguaje. Anthony Burguess sería el caso más extremo, redactando La naranja mecánica en una jerga que a ratos parece indescifrable. Ana Durá también se reinventa el lenguaje; renuncia a las metáforas que otros han manoseado mil veces; aquí todo es nuevo, sorprendente; aquí los adjetivos juegan a emparejarse con sustantivos a los que nunca habían dirigido la palabra. No se conforma con reinventar el lenguaje: reinventa el mundo. Y el mundo de su visión — aunque no tenga el toque tenebroso de 1984 ni el toque violento de La naranja mecánica — resulta sofocante. A medida que iba leyendo me faltaba el aire. No querría vivir en ese mundo.

Me he acordado de Fa Mulan... tan feliz de poder llevarle a la familia unos regalos de parte del emperador, regalos que no son para honrarla a ella, sino a los antepasados...

En este asfixiante mundo que Ana despliega ante nosotros, en lugar de respeto a los antepasados nos encontramos personajes que desprecian el pasado y se burlan de él, que desprecian el esfuerzo de quienes hicieron posibles los libros, las películas, los guiones, las bandas sonoras.

 Se creen mejores que ellos. 

Un personaje, hablando de un gran escritor cuyo nombre no diré aquí, remata su desprecio con esta frase: “Déjalo que se acabe de pudrir en su tumba, si es que aún queda algo por pudrir”. Al leer esa frase, cerré el libro durante un rato y le pedí socorro a unas latas de cerveza que habían venido a visitarme. Mientras el libro aceptaba sin protestas permanecer cerrado, concediéndome un tiempo para conversar con mi jarra favorita, yo observaba de reojo la portada, observaba el título que ha elegido Ana: 

Casablanca sin Bogart... 

Habré visto Casablanca seis o siete veces. Casablanca es como es, con un Bogart inimitable que se bebe de verdad todo el whisky que aparece en la película y más, que tiene el corazón casi tan amargado como el personaje al que da vida, que pronuncia el inglés a su manera única e inconfundible por culpa de una herida en el labio. ¿Cómo recontrademonios vas a sustituirlo por otro actor sin que Casablanca deje de ser Casablanca?

Ni siquiera se puede cambiar el blanco y negro por un colorido falso. Intenté ver la película coloreada por ordenador y aguanté un minuto antes de huir despavorido. ¿Cómo vas a cambiar a las personas?

 Abrí el libro, respiré hondo y leí el resto.

Cuando una novela es fruto de una insistente visión también se nota en que nos ofrece imágenes difíciles de olvidar, imágenes que luego se nos aparecen en los sueños: 

el rostro omnipresente en 1984 

los seres prefabricados de Un mundo feliz


Ana Durá también nos regala una perturbadora imagen, una metáfora grande y triste, una metáfora de lo que somos: humanos embutidos en un armatoste de plástico, aislados del mundo y de sus ruidos, aislados de los demás, incapacitados para sentir en la piel el roce de otra piel. Islas ocultas bajo la niebla. Islas que necesitan llevar pegado un cartel identificador porque de no llevarlo pasan a ser bultos, grumos, pegotes, todos grises e iguales.

Es inevitable acordarse de Burguess, de Bradbury, de Huxley, de Kafka. Es inevitable sentir frío en la espalda.

Me he leído Casablanca sin Bogart en dos tardes consecutivas. Ha resultado una lectura inquietante, muy inquietante.

Gracias, Ana, por haberla escrito. Sólo queda confiar en que los humanos mantengamos un poquito de sensatez, y no dejemos que tu pesadilla se haga realidad. De momento, tras haber leído tu libro, lo que me apetece ahora mismo (aunque suene raro) es volver a ver Mulan.



domingo

7: El mecanógrafo, de Javier García Sánchez.

Empiezo mostrando una fotografía del ejemplar que tengo en casa.
Es casi más grueso que ancho. Impresiona, ¿verdad? 




Si mis cuentas no fallan, 660.000 palabras.
Novelas que todo el mundo considera muy voluminosas
  • Ulises, de James Joyce, 270.000
  • Don Quijote, de Miguel de Cervantes, 380.000
  • Cien años de soledad, de García Márquez, 145.000
  • Rayuela, de Julio Cortázar, 230.000
  • La guerra y la paz, de Tolstoi, 560.000
  • Los miserables, de Víctor Hugo, 530.000
  • El Señor de los Anillos, de Tolkien, 495.000
  • El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, 430.000
parecen poca cosa al lado de este coloso.
Habría que contabilizar juntos los siete libros de Harry Potter para encontrar una cifra significativamente superior: 1.100.000 palabras suman entre los siete. O sumar juntos los siete libros que componen "En busca del tiempo perdido", de Proust: 1.300.000 palabras.

Trescientas palabras por minuto es un ritmo de lectura entre medio y alto, de modo que quien pretenda leer la novela "El mecanógrafo" deberá reservarle casi cuarenta horas. 
Como puede apreciarse en la foto anterior, mi ejemplar tiene el lomo descosido y ha perdido la sobrecubierta, que era como la de esta foto.



Más manoseado ya no puede estar. Yo no le he dedicado cuarenta horas. Le he dedicado muchas más. Y eso que yo leo a quinientas por minuto. Lo he leído, lo he releído y lo he vuelto a releer. Después, he elegido determinados párrafos y los he leído por cuarta vez, pero en desorden, como si me hubiese confundido con Rayuela. Finalmente, he releído fragmentos al azar.
Lo leí por primera vez en 1990. Creo que empiezo a asimilarlo.

"El mecanógrafo" no es un libro dispuesto a respetar convencionalismos. De hecho, empieza pisoteando uno de los acuerdos tácitos más arraigados en nuestra sociedad: no desvelarle el final de un libro a quien no lo ha leído. En lugar de ceñirse a lo que establece la norma, el autor empieza revelándonos lo que va a ocurrir al final, de modo que leemos el libro sabiendo desde el principio cómo acaba. Así, no cabe la duda ni la sorpresa al leer las últimas páginas. Las sorpresas van en medio, en las páginas que nos llevan a ese final sabido de antemano.

El libro comienza en primera persona.
Quien nos habla se está haciendo una serie de preguntas:
¿Qué motivos pueden llevar a un hombre sin antecedentes y aparentemente tranquilo a cometer un asesinato múltiple? ¿Qué razones pueden llevarlo a elegir como escenario un colegio? ¿Qué puede estar pasando por su cabeza en el momento de apretar el gatillo, y acabar con la vida de dos niñas, un niño y dos adultos?
Quien nos habla - la documentalista Else Weigel - está recordando un punto clave de su biografía: en marzo de 1984 fue contratada por la policía para informatizar una serie de archivos. Entre ellos, se encontró con uno que incluía varios miles de folios; el expediente X.P.100.R.J.93.4.6.1983. El expediente dedicado a Josef Króhasca, el exiliado checoslovaco que en la mañana del 4 de Junio de 1983 entró en el colegio de un pueblecito cercano a Frankfurt llevando consigo tres pistolas y ocho cargadores, y sin que nadie pueda darnos un porqué le puso punto final a cinco vidas ajenas y a la suya propia.
Else Weigel nos explica que, formando parte de aquel voluminoso expediente, había casi dos mil hojas escritas por el asesino. Escritas a máquina. Sus vecinos lo llamaban "el mecanógrafo". El ruido que hacía al teclear se oía hasta muy tarde; a veces, hasta las dos o las tres de la madrugada.
Else Weigel nos explica que ese montón abrumador de folios, además de estar escrito en alemán (unas tres cuartas partes) y en checo (el resto), contiene cientos y cientos de anotaciones hechas con letra de pulga, prácticamente ilegibles, tanto en los márgenes como entre líneas; que la mayoría están sin numerar; que no parecen estar en orden; que tras un párrafo de alta filosofía viene otro consagrado a refunfuñar de los vecinos; que los temas se mezclan y entrecruzan sin que se vea un hilo conductor por ninguna parte. Que la tarea de reescribir ese diario, traduciendo la parte escrita en checo, poniendo orden en el caos, ensamblando los párrafos originales con las anotaciones y las correcciones, pasando todo a limpio... parece una tarea imposible. Pero Else Weigel se pone manos a la obra. Invierte dos años. Y termina de armar el rompecabezas. Ahora nos lo ofrece, para que tras su lectura podamos juzgar por nosotros mismos.

El libro continúa en primera persona; pero ahora es Josef Króhasca, solitario y loco, asesino y suicida, quien nos habla.
Su diario empieza en la página 37 y acaba en la 822.
Es una lectura aplastante.
El lector se siente estrujado, prensado, apisonado, arrollado por ese torrente incontenible de palabras que a veces forman frases y a veces no, que a veces tienen un sentido claro y a veces no, que a veces parecen fruto de una mente enferma y a veces no, que a veces parecen razonamiento y a veces delirio.
El lector se siente desbordado. El diario de Josef Króhasca no se conforma con ser voluminoso; además, habla de todo: arte, política, religión, manejo de armas, música, enfermedades, venenos, alergias, industria, noticias, psicología, literatura, teología, historia, crianza de aves de corral, las manías de sus vecinos, las suyas propias, su guerra particular contra los ordenadores, el buen uso del tabaco de pipa, lo solo que se siente viviendo en Alemania, lo solo que se sentiría si volviese a Praga, el difuminado recuerdo de sus familiares, su lectura obsesiva de Kant, sus recortes de noticias raras.... Sus frustraciones... Su progresiva paranoia... Su deterioro mental...

El autor - no perdamos de vista que hay un autor detrás de todo este montaje - dedica las primeras 400 páginas del diario a meternos dentro de la cabeza de Króhasca; una cabeza que poco a poco va desenfocando el mundo que le rodea; una cabeza que poco a poco va estando cada vez más confundida.

Y entonces, alrededor de la página 450, la novela empieza de verdad.
Ocurre algo.
Algo muy raro.

Y Josef Króhasca, con su soledad a cuestas, con sus obsesiones, con su precaria estabilidad mental, con su manía compulsiva de escribirlo todo, intenta entenderlo.
Pero lo que ha ocurrido... es demasiado raro.
No es fácil de entender.
Estudia. Investiga. Lee.
Durante otras 400 páginas, Króhasca nos cuenta en su diario lo que estudia, lo que investiga, lo que descubre, lo que sospecha, lo que intuye, lo que teme; y, sobre todo, nos cuenta cómo se siente ante la inconcebible magnitud del hallazgo: sobrecogido, desconcertado, asustado. Y solo. Muy solo.
Puede que esté cada vez más loco.
Puede que esté cada vez más lúcido.

En todo caso, el autor consigue algo tan difícil que parece casi milagroso: cuando Josef Króhasca coge tres de sus pistolas favoritas y se encamina al colegio, dispuesto a disparar sobre las cabezas de los niños, sabemos lo que está pensando.
Sabemos por qué lo hace.
Sabemos por qué aprieta el gatillo.
El autor lo ha logrado: nos ha metido dentro de la cabeza del loco.
Un gran aplauso, por favor.


Ya sé que somos muy pocos los que hemos acabado este monumental relato. Ya sé que la mayoría se deja intimidar por su volumen, cuando no por el inicio del diario, que se estrena de una forma extraña, retorcida, engañosa.
Háganme caso: en lugar de dejarse intimidar, déjense seducir.
"El mecanógrafo" es una obra maestra. De verdad. De verdad de la buena.


Adenda

El 7 de Junio de 1983 aparecía esta noticia en el periódico "EL PAÍS".




Javier García Sánchez coge como punto de partida una noticia de 20 líneas y la transforma en un novelón de 900 páginas.
Y no lo hace en 2016, con el auxilio de internet, que nos pone miles de datos a la distancia de un click. Lo hace entre 1983 y 1988. Sin Google. Sin procesador de texto. Usando una pluma estilográfica, con la desmedida paciencia de un monje medieval.
Otro gran aplauso, por favor.




El mecanógrafoEl mecanógrafo by Javier García Sánchez
My rating: 5 of 5 stars

Una novela que no se conforma con ser impresionante por su volumen, sino que también lo es por otros muchos motivos, como la extrema originalidad de su planteamiento, la brutal crudeza de algunos párrafos o la profundidad de las múltiples dudas éticas que plantea.
Recomendable para todos aquellos que no se dejen asustar por los libros rompedores de moldes.







6: Las benévolas, de Jonathan Littell

Existen numerosos libros ambientados en la segunda guerra mundial. Pero son muy pocos los que aciertan a cortarle el aliento al lector hasta el punto de hacerle sentir que se asfixia, que no puede seguir leyendo, que le duele el alma como nunca antes le había dolido.
"Las benévolas" es uno de esos pocos libros.


Empezaré recalcando un pequeño detalle relativo al autor, Jonathan Little: nacido en Nueva York, ha vivido en Moscú, en Grozni y en París; actualmente, huyendo de la fama y de las entrevistas, vive recluido en algún lugar cercano a Barcelona; además, ha dedicado muchas tardes a estudiar alemán. De modo que en su cabeza conviven al menos seis idiomas, y tres de ellos (inglés, ruso y francés) los habla perfectamente. Tal vez por eso le ha resultado tan fácil llenar su libro de salpicaduras indescifrables, que a veces incluso rompen totalmente el ritmo de lectura: denominaciones alemanas, palabras rusas, expresiones ucranianas, versos en latín...

En una misma página (la 608) hallamos "Los dos Orpo saludaron", "Herr Strurmbannführer", "Volksdeutschen", "Scharführer", "Gruppenführer", "Abteilungen"...
En otra nos encontramos "Besh Dag", "Piatigorsk", "el OKH", "la KMV", "Herr Oberst", "el Abwehr", "el Mozdok", "la Kavkazskoe Gornoe Obshchestvo", "shashliks", "Ostministerium", "el HSSPF", "tatka", "los Bergjuden", "Sestra, sestra, dyev. Krasivaia"...


¿Será un capricho del autor? Lo dudo mucho. Puede que haya querido insinuarnos que la raíz de todo mal está en que no nos entendemos los unos a los otros.

Pero volvamos al libro.

"Las benévolas" está escrito en primera persona. De principio a fin. En todas y cada una de sus 970 páginas nos habla la voz de Max Aue: "Soy una fábrica de recuerdos", nos dice muy al principio del libro... Y los recuerdos van surgiendo... Y nos zambullimos en ellos...

Los recuerdos de un integrante de las SS.

Los recuerdos de alguien que ha formado parte de los Einsaztgruppen, los pelotones que por orden de Adolf Eichmann (quien a su vez había recibido la orden de Reinhardt Heydrich y éste de Heinrich Himmler) recorrieron de forma sistemática Ucrania, Polonia, Bielorrusia y parte de la Unión Soviética fusilando a cuantos judíos encontraban a su paso.

Los recuerdos de alguien que ha visto de cerca la matanza perpetrada en el barranco de Babi Yar, por concretar una de entre cientos.

Los recuerdos de alguien que ha asistido a reuniones en las que se discute cuál es la mejor manera de exterminar poblaciones completas:


  • la mejor manera desde el punto de vista del Departamento Económico (mínimo gasto de munición, mínimo gasto de combustible...)
  • la mejor manera desde el punto de vista del Departamento de Personal (mínima repercusión en la estabilidad nerviosa de nuestros propios soldados, mínima cantidad de personal necesario....)
  • la mejor manera desde el punto de vista logístico (mínima necesidad de infraestructuras, mínima necesidad de camiones, mínima necesidad de suministros o avituallamientos para nuestros hombres, mínima necesidad de herramientas...)
  • la mejor manera desde el punto de vista del Departamento de Producción (máximo número de ejecutados por unidad de tiempo).


Los recuerdos de alguien que ha visto la totalidad del proceso: localización, identificación, traslado, retirada y recogida de la ropa y otros objetos personales, aproximación al límite de la zanja, ejecución, apilado de los sucesivos cadáveres, enterramiento.

Los recuerdos de alguien que ha asistido a la invención del Sardinenpakung: la eliminación de seres humanos, optimizada en el tiempo y en el espacio mediante la aplicación de métodos propios de una línea industrial de montaje y empaquetado.

Los recuerdos de alguien que nos está narrando el espanto absoluto y lo hace con el vocabulario de un oficinista rellenando un parte de ventas o con expresiones propias de un contable revisando un balance.

En esto último, ya sea consciente o no de ello, Jonathan Littell es hijo predilecto de Franz Kafka, el maestro de lo imposible: describir las situaciones más terribles con un lenguaje tan aséptico como el prospecto de un fármaco.

Los recuerdos de alguien que tras habernos horrorizado llevándonos con él a territorio polaco, ucraniano y ruso, tras habernos obligado a presenciar las ejecuciones masivas, tras habernos salpicado con la sangre de los niños que aún aguantarán respirando dos o tres minutos, nos reserva para el último tramo de la novela la visita a las instalaciones subterráneas de Dora, donde miles de prisioneros esqueléticos montaban a golpe de porra los motores de las V2.

La mayor parte de las instalaciones subterráneas nazis permanecen cerradas, cuando no dinamitadas. 
En el caso de Dora-Mittelbau, una pequeña sección se ha reconvertido en museo.

"Esto es el infierno de Dante", dice uno de los asistentes de Max, durante la inspección de los túneles.
Discrepo. El infierno de Dante es más acogedor.


Jonathan Litell ha escrito una novela estremecedora. No sólo por lo que en ella describe; también por la conclusión que insinúa de forma implícita: nos creemos mejores, pero los humanos somos realmente así, como los que pueblan estas páginas odiosas.

"Son páginas que quitan el habla", nos dice Vargas Llosa en la contraportada.
En efecto, ante la barbarie uno no sabe qué decir. Puede que ante la barbarie sólo quepa la opción de gritar.

Por si quedaba algún margen a la esperanza, cedo la palabra a uno de los verdugos para que se despida con esta demoledora sentencia:

"Si has nacido en un país o en una época en donde no sólo nadie ha venido a matar a tu mujer y a tus hijos sino que además de eso nadie ha venido a pedirte que mates a los hijos y a las mujeres de otros hombres, dale las gracias a Dios y vete en paz. Pero no pierdas esto de vista: no eres mejor persona que yo; simplemente, has tenido más suerte."







miércoles

5: La casa de hojas, de Mark Danielewski

Existe un libro que no es un libro.
Existe   
una
casa
que
no
es
una
casa.

La historia de la casa que no es una casa se narra explica cuenta dibuja desorienta mezcla sueña filma en las hojas del libro que no es un libro, aunque los editores  Pálido fuego y Alpha Decay  han intentado darle aspecto de tal. Incluso se han tomado la molestia de diseñarle una portada, y en ella podemos ver un laberinto espiral haciéndose pasar por escalera y un título: "LA CASA DE HOJAS".
También aparece un nombre propio. Como es habitual, nos apresuramos a identificar tal nombre con el autor fotógrafo novelista cineasta del libro que dejó de ser un libro para transformarse en poema, filmación, laberinto, conjunto de cartas, ensayos, referencias, geometrías y finalmente casa

Sorprendentemente, en la portada no aparece como autor Zampanò, el octogenario de cuya existencia no vamos a dudar a estar alturas; ni siquiera Will Davidson, a quien aceptaríamos como autor sin mayor inconveniente; ni Johnny Truant, que juega con la ventaja de autodeclararse autor, aunque tal vez lo sea de otro libro casa experimento; incluso, como proponen los exégetas borgianos, aceptaríamos sin sorpresa que la autora fuese la madre de Johnny Truant, escribiendo a modo de terapia, alejada de los vaivenes de este mundo; incluso Karen Green, deseosa de compartir con alguien lo que haya sobrevivido en los circuitos de su memoria, nos parecería creíble. 

En lugar de ello, nos encontramos con "Mark Z. Danielewski", que a todas luces debe ser algún tipo de personaje imaginario. Hay quienes sugieren, pero sobre este punto es mejor guardar silencio, que sí se trata de un ser real: vive oculto en la Universidad Miskatonic; su verdadero nombre no puede dejarse escrito.



Sea como fuere, este extraño objeto acepta dócilmente ser colocado en una librería, acepta verse rodeado de libros verdaderos; incluso llega a camuflarse entre ellos. Las visitas miran la librería y ni se dan cuenta de que un monstruo les está devolviendo la mirada desde uno de los estantes.



Quienes buscan en los libros una trama y un desenlace, quienes conservan la infantil costumbre de empezar los libros por la primera página y acabarlos en la última, quienes mantienen la creencia de que los libros son para leerlos... no intenten hacer tal cosa con "LA CASA DE HOJAS".
No puede leerse.
No es un libro.

Es 

una 

casa

Hay que entrar en ella. 

Dormir en ella.

Sobrevivir en su interior.

Mantener, ja, ja, ja, la cordura la sensatez el raciocinio.

Hay que perderse en el laberinto, hay que deambular sin rumbo, hay que confiar en que pueda haber una salida en algún lugar o párrafo o esquina o renglón o fotograma.

Hay que subir y bajar y bajarsubir y sujar y babir por sus incontables escaleras que son es una escalera.

Hay que caminar recto en círculosavanzar quietoretroceder hacia delantecaer cuesta arriba, ignorar los ecos, las voces, los ruidos.

Hay que asomarse al abismo, dar el primer paso, introducir un pie en su oscuridad heladora.

Después y siempre, hay que dejarse engullir por la negrura.


Tuve la extraña sensación de que al entrar los pasillos los pozos las paredes me recibían con una inesperada pregunta: "¿Puedes vernos?







lunes

4: ¿Quién elige a a quien?


El autor tiene derecho a creerse libre cuando se pone a escribir. Tiene derecho a creer que cuando elige un estilo o un título o unos personajes, lo hace con entera libertad. 
Pero, hace años, un personaje mío decía esto...

Ismael. "Ser escritor es trágico. No tienes libertad de elección. Y encima se empeñan todos en no entenderlo. Por ejemplo, llegas a una entrevista y, ¿cuál es la primera chorrada que te sueltan?: "¿A usted le gusta escribir por la mañana, por la tarde, o de noche?" Hija mía, ¡qué más da!, no le es dado a uno elegir la hora en que escribe. Se puede contestar: "a mí me gusta escribir toda la mañana tumbado en la cama, como hacía Proust". ¿Y qué? Igual te pegas mañanas y mañanas en la cama sin escribir una sola línea que no merezca ir al fuego; pero llegas una noche a casa, a las tantas, reventado de revelar montones de carretes, te sientas con la sana intención de ver un rato la tele mientras cenas un poco de fruta antes de irte a la cama, y allí, precisamente allí y precisamente entonces, mientras en la pantalla vocean nimiedades y los melocotones se aburren en el plato, escribes casi sin darte cuenta, con el primer lápiz despuntado que pillas y en el margen de un sobre, un párrafo que te deja sin aliento a ti mismo cuando lo lees en frío a la mañana siguiente. A lo mejor, el día que más cansado estás, coges el folio que escribiste ayer con el único propósito, porque no te ves con fuerzas para más, de revisarle la ortografía, y entonces, precisamente entonces y precisamente allí, ese personaje inasible que llevaba meses sin querer definirse, se te materializa por fin en el folio más inesperado, te lo encuentras allí delante, cara a cara, y empieza a explicarte su vida mientras le sirves una copa, y escribes su historia de un tirón, y acabas a las seis de la mañana, agotado, ojeroso, atufando a tabaco negro y a café recalentado, pero con un buen capítulo en las manos. No se puede elegir la hora; las historias se dejan escribir cuando ellas quieren, no cuando pretendes sacarlas tú del limbo por la fuerza. No tienen horario. Pero no es esto lo peor. Lo peor es que tampoco puedes elegir la historia que escribes; más bien te elige ella a ti para corporeizarse a tu través. Te puedes pegar días y semanas y meses y años intentando escribir cuentos para niños, y si lo tuyo es escribir novelas de terror, en cuanto aflojes un poquitín la concentración en los caballitos, en las princesas y en los soldados de plomo, las hojas que estés escribiendo se te poblarán de monstruos como por ensalmo.¡Ni se puede elegir el estilo! Tú tienes perfecto derecho a empecinarte en querer ser poético, y en aspirar a la sana imitación de Rubén Darío, pero si lo tuyo es ser horripilante y sepulcral, en cuanto descuides la guardia se te escurrirán de las uñas ensangrentadas los párrafos tenebrosos como racimos malditos, y no te parecerás a Rubén Darío ni en el blanco de los ojos porque los tuyos se habrán teñido de rojo y de verde oscuro. Sí. Ya lo creo que es trágico ser escritor. Y muy duro. De hecho, no existe la vocación de ser escritor sino la cruz de serlo. Porque sólo se es tal cosa realmente cuando dejas que tu cuerpo entero sea vehículo sin voz ni voto de cuanto quiera escribirse a través de ti. Y es posible que luego lo leas y te dé vergüenza, o asco, o miedo... Es posible que al leer las cosas que escribes quieras quemarlas, o quemarte tú mismo... Necesito quemar un "Habanos", a ver si me callo. Con su permiso, señores, me lo voy a fumar. Dejaré que el rudo y salvaje aroma del fuerte tabaco cubano compita por unos instantes con las suaves fragancias de los Virginias, con el delicado aroma de los Kentuckys, con el regustillo dulzón que deja en el aire esa mezcla finlandesa que fuma Manuel... (Coge un "Habanos, lo enciende pensativo, se queda mirando la cerilla, le da una segunda e intensa chupada) Pero es que, y ahora viene lo más gordo (sigue hablando mientras el abundante y blanco humo se le sale por la boca, al compás de las vocales, imitando el instante en que se inventaron las señales de humo), es que ni siquiera puede uno decidir si quiere o no ejercer de escritor; es una cruz de la que no puedes librarte y que no concede treguas ni vacaciones. Te puedes obstinar en no escribir ni una mísera sílaba, claro que sí, pero las historias que desean ser redactadas por tu mano no dejarán ni un momento de aporrearte el portón de la conciencia. Y querrás concentrarte en otros asuntos, y no podrás; querrás prepararte unas oposiciones, y no harás más que chupar el bolígrafo y ver pasar las horas, estériles y muertas como un pueblo abandonado; querrás oír música, y no distinguirás a "Metallica" de "Julio Iglesias"; querrás hablar con la gente, y comprobarás con estupor que no sabes; querrás vivir al margen de los libros y te crecerán en las solapas; querrás vivir sin un bolígrafo en las manos, y te los regalarán a docenas; encenderás el ordenador para echarte un "Block out" o un "Supaplex" y a lo que abras los ojos habrás puesto en marcha el "WordPerfect" sin apenas darte cuenta.
Manuel. Te dejas la máquina de escribir.


Ismael. La máquina de escribir se ha convertido en un objeto muy especial. Un híbrido histórico. Es el santo y seña de los que se han quedado anclados en la prehistórica era preinformática. Viene a ser algo así como la edad del bronce. Ni fú ni fá. Si de verdad aborreces la creciente tecnificación, escribe con una pluma de ganso, o mejor aún con un escoplo, como Pedro Picapiedra. Pero si eres capaz de dar el salto a la máquina de escribir, es mejor que des el salto entero y te instales en la prodigiosa eficiencia de los programas de tratamiento de textos, que a la hora de redactar cualquier cosa, desde una receta culinaria hasta la traducción íntegra de La guerra y la paz al swahili, constituyen la gozada total. Puedes tener perfectamente archivados cientos y cientos de textos, retocarlos mil veces, y cuando por fin están a tu gusto, los imprimes. Sencillamente perfecto. Pero aunque los ordenadores la conviertan en una cruz muy bonita y con cristal líquido retroiluminado, escribir no deja de ser una cruz. Y muy jodida.
Daniel. Así que tú eres de los que creen que los que no sabemos ni encender un ordenador somos los nuevos parias de la sociedad; amén de analfabetos, por supuesto.
Ismael. A priori, ni lo uno ni lo otro. Depende de ti. Me explico, si no sabes manejar los ordenadores porque no te da la realísima gana de aprender, me parece fenomenal. Es cosa tuya. Estás en tu derecho. Y los que no saben manejarlos porque no han tenido ocasión de aprender, pues vale, a mí plin. No me alteran la paciencia, con tal de que no tengan reparo en decir la verdad: que no saben manejar ordenadores o porque no quieren o porque no han aprendido. Y ya está. Sin darle más vueltas. Los que sí reconozco que son una especie de parias son los que se empeñan en justificar su ignorancia: que si los ordenadores amenazan la libertad del individuo, que si los ordenadores no son creativos, que si los ordenadores nos despersonalizan convirtiéndonos en números. Toda esta gente resulta grotescamente patética. Y si no, recordad lo que nos enseña la historia: cierto pastor anglicano le dijo a Stephenson que su invento era cosa del diablo, y que todos los que viajasen en tren irían derechitos al infierno. Siempre ha habido gente que se queda estancada, y que no logra asimilar los avances de la tecnología. No es nada nuevo. Lo único nuevo es que a los incapaces de sacarle partido a los ordenadores, que no son ni más ni menos que una herramienta, igual que un sacacorchos o un azadón, les ha dado por decir idioteces del estilo de "los ordenadores nos convierten en números", "donde entra un ordenador deja de haber creatividad", "menos ordenadores y más leer a Homero". Como si para leer a Homero hiciera falta renegar de la corriente alterna.







domingo

3: ¿Cómo nace una novela?


No son pocos los autores que han intentado explicar el proceso creativo que va desde un puñado de palabras

"Estaba sediento. Pero su sed no podía aliviarse con agua; necesitaba sangre."

hasta una novela terminada, con su título "Los herederos del vampiro" y su frase final

"Entre los dos, a las doce en punto de la noche, consiguieron empujar la tapa del ataúd y cerrarla. FIN."

Las explicaciones mejores son las metafóricas, como la que propone Stephen King en su libro "Mientras escribo".
Os lo voy a contar con mis propias palabras.
Las historias son fósiles que están enterrados. A veces muy hondo, obligándote a manejar maquinaria pesada y a sudar la gota gorda; otras veces, están a ras de superficie, como deseando salir a la luz.
El escritor es el que empieza por localizar todos los huesos del fósil, luego se empeña en desenterrarlos - durante días, semanas, meses, años o décadas - y finalmente se encierra en casa dispuesto a montar con ellos un esqueleto, a recubrirlo con piel o escamas o plumas y a pintarlo para que parezca un animal, más o menos antediluviano, más o menos horripilante, pero en todo caso digno de exponerse en una vitrina.


Hay ocasiones en que los huesecillos son diminutos, y el animal resultante tiene el tamaño de un ratoncito. Es entonces cuando lo llamamos cuento.
Pero también puede ocurrir que aparezcan en la excavación metacarpos tan gordos como barriles, tibias gigantescas o clavículas que podrían servir de puntales en la construcción de un puente.
Y entonces, sin dejarse asustar por la magnitud del hallazgo, hay que poner manos a la obra y ensamblar el esqueleto completo; aunque nos sintamos muy pequeñitos ante una tarea tan abrumadora, aunque ya a medio montar parezca que el monstruo no va a caber en ningún sitio, aunque presente unas fauces aterradoras.
Y aunque - esto es lo peor - nos invada cada tarde la horrible sensación de que no le va a gustar a nadie.

En todo caso, los huesos están ahí, a tu alrededor. Gritando.
¿No los oyes?

He ahí otra definición de escritor. Escritor es el que oye gritar a los huesos. Y cada día tiene que encontrar tiempo - como sea - para ponerse a escarbar.
O los huesos seguirán aullando toda la noche.


sábado

2: Por qué escribo ciencia ficción (II)


La visión de aquel extraterrestre de plástico, recorriendo en su nave discoidal el suelo de mi dormitorio, tuvo - ¿quién me lo echará en cara? – efectos devastadores sobre mi cordura. Desde aquel encuentro cercano estudiar casuísticas de OVNIs me parece apasionante. Como a otros muchos. La diferencia es que, al menos – ¡flaco consuelo! –, yo sé por qué…

Centrémonos. Lo relevante es que era muy joven: ¡podía haberlo superado!
Tal vez bastaba con haberme concentrado en cosas normales para un chico de ocho años; haberme concentrado en…

… en mis inicios como cantante de ópera, arropado por mis compañeros del coro de la parroquia, siempre dispuestos a hacerle un contrapunto a mis gallos.
… en mis primeros pasos como naturalista, cuidando renacuajos, observando arañas, manoseando cadáveres de pájaros, experimentando si duele o no duele el frío beso de las sanguijuelas.
… en mi entrenamiento de explorador, buscando rendijas en las tapias de los colegios de chicas.
… en mis estudios de ingeniería de armamento y de óptica aplicada, construyendo tirachinas cada vez más precisos y adaptando a las rendijas antes mencionadas diversas combinaciones de vidrios que aumentasen la nitidez del espectáculo.
… en mis análisis estadísticos aplicados al recuento e intercambio de cromos.
… en mis indagaciones sobre la química del fuego, acompañando a los mayores cuando llevados de su afán experimental se escondían en edificios abandonados e investigaban las condiciones óptimas para la combustión del tabaco.
… en entrenar para que Yasing y yo siguiéramos siendo los dos mejores porteros del mundo.
… en hacer los deberes a la velocidad del rayo para irme cuanto antes a jugar a la calle con los que ya llevaban allí un buen rato porque no los hacían.

Tal vez si mi mente se hubiera centrado en todo eso, habría llegado a ser un adulto normal, y no un drogodependiente que necesita inyectarse la ciencia ficción en vena; preferentemente en forma de letra impresa, aunque el cine también ha sabido darme buenos subidones.
Y a eso iba. Al cine.

El domingo 1 de septiembre de 1974, me estaba esperando otra experiencia demoledora. Más intensa aún que la visión nocturna del platillo de plástico. Ese día, a las cinco de la tarde, mi padre me lleva al cine a ver la película de Stanley Kubrick "2001, UNA ODISEA ESPACIAL".


Creo recordar que la entrada valía 60 pesetas, aunque no me atrevería a jurarlo en un juicio. Lo que sí puedo jurar es que salí del cine con el sistema nervioso en estado de ebullición.
Primer flash: la escena de los monos.


Los chavales contemporáneos, acostumbrados a ver BONES y CSI, no podrán entender el shock que me produjo aquella escena: era mi primer asesinato.
En casa no teníamos televisión, a ver la tele de la vecina sólo pasaba cuando echaban dibujos animados y al cine sólo había ido seis o siete veces y siempre para ver películas de Walt Disney.
¿Cómo no voy a quedarme turulato si de pronto me llevan a ver una película de Kubrick rodada en Cinemascope y a los quince minutos asisto a un asesinato? Y no un asesinato cualquiera. Los que están en pantalla son los primeros homínidos. Y el que mata a su congénere no lo hace de cualquier manera: se le acerca empuñando un hueso y lo mata descargándole un golpe en la cabeza. Sólo tenía doce años pero lo vi más claro que el agua: aquel mono peludo simbolizaba a Caín. Mejor dicho: ¡Era Caín! Y el que se quedaba muerto en el suelo, claramente, era Abel.
Años después le expuse a un cura - cuyo nombre omito - esta manera de enfocar la escena y agarramos una discusión sobre el Génesis explicado a los darvinistas que duró casi cinco horas y que dimos por acabada porque durante la misma nos habíamos soplado un paquete de Ducados, dos farias y dos litros de vino de misa y ya no entendía el uno lo que farfullaba el otro.
Pero la escena de los monos no es nada comparado con lo que viene luego. Con esa exquisita transición entre el hueso tirado al aire y la nave en órbita, empiezan dos horas de cine que me dejaron ultraflipado.

Intentaré situar al lector.
Empezaré por el marco histórico: Franco está vivo aunque ya no le lleguen las fuerzas para inaugurar más pantanos. La disciplinada Alemania de Sepp Maier ha ganado el Mundial de fútbol contra la imaginativa Holanda de Johann Cruyff.


Gerald Ford lleva 26 días en la Casablanca, abandonada por Nixon tras el escándalo del Watergate. El soldado japonés Shoichi Yokio, escondido en una selva filipina desde 1944, acepta, al fin, rendirse.


Seguiré por el marco tecnológico: el máximo exponente de la tecnología que había en mi vida era el calentador de agua, que funcionaba quemando gas butano y haciendo circular el agua por un serpentín de cobre. Hasta la fecha, había visto cuatro televisores; todos, por supuesto, en blanco y negro.



Lo más parecido a las actuales redes de comunicaciones era el aparato de radio; un mueble de madera con diales de ruleta y lleno de válvulas de vacío tan grandes como las bombillas del techo.




Si quiero alucinar y pensar que estoy en otro planeta o que me han transportado al futuro, me basta con andar dos calles para ver algo inaudito y casi extraterrestre que suele estar allí aparcado: un Gordini.



Son las fechas en que tres o cuatro privilegiados empiezan a utilizar la cinta de casete con sonido estéreo. La mayoría seguimos en el vinilo de 33 revoluciones con sonido mono. Algunos adelantados han oído hablar de la marca Adidas; la mayoría llevamos zapatos Gorila o Segarra.


En clase, lo último de lo último era apoyar en la pizarra un listón de madera para dibujar lineas rectas. Algunos profesores especialmente atrevidos, clavaban una alcayata en la pared y colgaban mapas que, si eran a todo color, podían dejarte como hipnotizado durante toda la clase. En mi colegio, nadie tenía un reloj digital. Ni automático. Ni con segundero. Ni sumergible. No tenían ordenadores ni en el ayuntamiento. Los videojuegos no es que no los tuviese nadie, es que lo único parecido a un videojuego que ya estaba inventado en 1974 era el PONG de Atari.


Nadie podía imaginar que algún día habría teléfonos que viajarían en el bolsillo.


De vez en cuando aparece por la calle algún tipo con gafas de sol y todos nos quedamos embobados mirándolo hasta que dobla una esquina. Nadie ha visto un portaminas. Nadie ha visto un rotring. Si dibujas a lápiz ha de ser teniendo a mano el sacaminas y si dibujas a tinta ha de ser con el tiralíneas y tintero.
Nadie ha inventado la jeringuilla desechable. Cuando el practicante - que a la vez es el barbero - viene a casa a ponerte una inyección, empieza por desinfectar una de sus dos o tres agujas y su única jeringa de vidrio sumergiéndolo todo en alcohol y prendiéndole fuego con un mechero de gasolina.


Las persianas de las casas siguen siendo todas de madera y se accionan con una cuerda enrollada; para subir la persiana hay que pasar la cuerda por un gancho y hacerle un nudo. Empiezan a verse las primeras persianas de aluminio, pero valen una fortuna.
La bebida más psicodélica y ultramoderna que puedes beberte es una gaseosa de pito.


En mi barrio, no tiene lavadora nadie de nadie. La colada se hace a mano y el jabón con más ventas es un cubo marrón que parece un ladrillo llamado Jabón Lagarto.


Al fútbol se juega con un jersey de lana y con unas botas que ahora parecerían alpargatas. Sigue habiendo en Zaragoza cientos de calles sin asfaltar; la mía, sin ir más lejos. Nadie ha visto un tubo fluorescente ni en foto. La mayoría no tenemos lámparas en casa. Una bombilla cuelga del techo en el centro de cada habitación.
Conocer a alguien que ha estado en el extranjero es como conocer al Papa. La mayoría de las familias no tienen cámara fotográfica. Las pocas que se ven son Werlisa, pesan medio kilo y entre foto y foto necesitan medio minuto.


No está inventado el chubasquero. Puedes elegir entre el paraguas o mojarte.
Muchísimas casas carecen de ducha. Hay que higienizarse a plazos: hoy los pies, mañana la cabeza…
Se siguen viendo por la calle más carretas de madera que coches. Junto a mi casa hay un riachuelo, hierba, pastizales, cañas, arboledas, gatos viviendo libres, una vaqueriza…

Y entonces llega Kubrick y me lleva de viaje en la Discovery. Una nave capaz de ir a Júpiter.


Una nave que lleva a bordo un ordenador inteligente. Tan inteligente como para hablar, ganar al ajedrez, tomar decisiones… Tan inteligente, incluso, como para volverse un neurótico, un paranoico, un enfermo psiquiátrico, un asesino…

"Usted y Frank Poole habían decidido desconectarme. Y eso es algo que yo no puedo permitir que suceda".

“Adiós, Dave. Esta conversación ya no tiene ningún objeto”.

Comprendedlo, por favor: sólo tenía doce años cuando conocí a HAL...


Pues claro que necesito pincharme la ciencia ficción en vena.

“Dios mío. Está lleno de estrellas…”


miércoles

1: Por qué escribo ciencia ficción (I)


Seguramente, yo estaba destinado a ser una persona normal y no un chiflado que pierde el tiempo escribiendo novelas de marcianos y de locos.
Pero hay traumas muy difíciles de superar, como la visión de un ovni a una edad tan temprana.
Sí… Eso es… La culpa la tiene aquel ovni...

Creo que era mi séptimo cumpleaños; lo cual, de ser cierto, situaría el encuentro en 1969.
No puedo saberlo con certeza porque la distorsión temporal es una de las secuelas que me dejó la visión de aquella cosmonave. Tampoco sé si la ocurrencia fue de mi padre, de mi madre o de mi abuela, aunque siempre sospeché de esta última: aquella capacidad suya para beber – ¡sin un pestañeo! – líquidos que estaban hirviendo, me provocaba serias dudas acerca de su origen planetario.
De una remota aldea de Lugo... Sí, sí, de Lugo...

El caso es que me habían comprado como regalo de cumpleaños un juguete de plástico oscuro, que algún agente de la NSA – National Security Agency – había diseñado con la típica imagen de un platillo volante; con profusión de luces de colores, con una cúpula transparente para que se viese el humanoide que iba sentado a los mandos y con unas ruedas en la panza para que pudiera moverse libremente, aunque sólo fuese a ras de suelo.

Esperaron a que estuviese bien dormido, lo pusieron en marcha, lo metieron debajo de mi cama y se fueron al pasillo. ¡Todo ello sin encender ninguna luz!

Hasta esa noche, yo disfrutaba de un sueño profundo.

Oí ruidos.
Lo primero que pensé fue que un gato – alimentábamos y rascábamos a unos cuantos que entraban y salían a su bola – se había metido debajo de mi cama a desempeñar alguna tarea nocturna propia de su especie, como cantar gospel a grito pelado o disputar torneos de arañazos en la cara.
Luego pensé que los gatos suelen hacer “mmrrrramiau”, o “miauu” o “mmrrññenn” pero es muy extraño que hagan “ñok, ñak, ñok, ñak, ñok, ñak”. Por no hablar de la remota posibilidad de que hagan “bip, bip, tong, tong, bip, bip, tong, tong”.

Abrí los ojos.
Una luz verde se movía por las baldosas. ¡Y giraba!
De pronto, la luz que bailoteaba por el suelo fue amarilla. Y luego azul.
En medio de la oscuridad.
Bip, bip, ñok, ñak, tong, tong.
¿Por qué será que de mayor escribo cócteles de ciencia ficción y terror?
La luz se movía. Azul, verde, blanca. Giraba. Iluminaba las patas de la silla en cuyo respaldo dormía mi jersey gris de portero menos goleado de la liga infantil.
La curiosidad pudo más que yo. Quería saber quién hacía esos ruidos bajo mi cama.
Con las piernas sobre el colchón y doblándome por la cintura, me asomé y miré.
Un platillo volante, con una banda giratoria de bombillas multicolores, recorría el contorno de la pared.
Ñak, ñok, ñak, ñok. Las ruedas se quejaban al girar.
Y entonces lo vi. A través del cristal de la carlinga, lo vi. Y sus ojos me miraron. Y ya nada fue igual.
Quedé marcado de por vida. A fuego. Como una res.

Como una res… Mira que si entre ovnis y reses acaba habiendo alguna relación.
“Somos propiedad de algo. Somos ganado”, decía Charles Hoy Fort.
Pero ya nadie lee a Fort. Así nos va.




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