domingo

6: Las benévolas, de Jonathan Littell

Existen numerosos libros ambientados en la segunda guerra mundial. Pero son muy pocos los que aciertan a cortarle el aliento al lector hasta el punto de hacerle sentir que se asfixia, que no puede seguir leyendo, que le duele el alma como nunca antes le había dolido.
"Las benévolas" es uno de esos pocos libros.


Empezaré recalcando un pequeño detalle relativo al autor, Jonathan Little: nacido en Nueva York, ha vivido en Moscú, en Grozni y en París; actualmente, huyendo de la fama y de las entrevistas, vive recluido en algún lugar cercano a Barcelona; además, ha dedicado muchas tardes a estudiar alemán. De modo que en su cabeza conviven al menos seis idiomas, y tres de ellos (inglés, ruso y francés) los habla perfectamente. Tal vez por eso le ha resultado tan fácil llenar su libro de salpicaduras indescifrables, que a veces incluso rompen totalmente el ritmo de lectura: denominaciones alemanas, palabras rusas, expresiones ucranianas, versos en latín... En una misma página (la 608) hallamos "Los dos Orpo saludaron", "Herr Strurmbannführer", "Volksdeutschen", "Scharführer", "Gruppenführer", "Abteilungen"... En otra nos encontramos "Besh Dag", "Piatigorsk", "el OKH", "la KMV", "Herr Oberst", "el Abwehr", "el Mozdok", "la Kavkazskoe Gornoe Obshchestvo", "shashliks", "Ostministerium", "el HSSPF", "tatka", "los Bergjuden", "Sestra, sestra, dyev. Krasivaia"...


¿Será un capricho del autor? Lo dudo mucho. Puede que haya querido insinuarnos que la raíz de todo mal está en que no nos entendemos los unos a los otros.

Pero volvamos al libro.

"Las benévolas" está escrito en primera persona. De principio a fin. En todas y cada una de sus 970 páginas nos habla la voz de Max Aue: "Soy una fábrica de recuerdos", nos dice muy al principio del libro... Y los recuerdos van surgiendo... Y nos zambullimos en ellos...
Los recuerdos de un integrante de las SS.
Los recuerdos de alguien que ha formado parte de los Einsaztgruppen, los pelotones que por orden de Adolf Eichmann (quien a su vez había recibido la orden de Reinhardt Heydrich y éste de Heinrich Himmler) recorrieron de forma sistemática Ucrania, Polonia, Bielorrusia y parte de la Unión Soviética fusilando a cuantos judíos encontraban a su paso.
Los recuerdos de alguien que ha visto de cerca la matanza perpetrada en el barranco de Babi Yar, por concretar una de entre cientos.
Los recuerdos de alguien que ha asistido a reuniones en las que se discute cuál es la mejor manera de exterminar poblaciones completas; la mejor manera desde el punto de vista del Departamento Económico (mínimo gasto de munición, mínimo gasto de combustible...), la mejor manera desde el punto de vista del Departamento de Personal (mínima repercusión en la estabilidad nerviosa de nuestros propios soldados, mínima cantidad de personal necesario....), la mejor manera desde el punto de vista logístico (mínima necesidad de infreastructuras, mínima necesidad de camiones, mínima necesidad de suministros o avituallamientos para nuestros hombres, mínima necesidad de herramientas...), la mejor manera desde el punto de vista del Departamento de Producción (máximo número de ejecutados por unidad de tiempo).
Los recuerdos de alguien que ha visto la totalidad del proceso: localización, identificación, traslado, retirada y recogida de la ropa y otros objetos personales, aproximación al límite de la zanja, ejecución, apilado de los sucesivos cadáveres, enterramiento.
Los recuerdos de alguien que ha asistido a la invención del Sardinenpakung: la eliminación de seres humanos, optimizada en el tiempo y en el espacio mediante la aplicación de métodos propios de una línea industrial de montaje y empaquetado.
Los recuerdos de alguien que nos está narrando el espanto absoluto y lo hace con el lenguaje de un oficinista rellenando un parte de ventas o con el lenguaje de un contable ultimando un balance (En esto, ya sea consciente o no de ello, Jonathan Littell es hijo predilecto de Franz Kafka, el maestro de lo imposible: describir las situaciones más terribles con un lenguaje tan aséptico como el prospecto de un fármaco).
Los recuerdos de alguien que tras habernos horrorizado llevándonos con él a territorio polaco, ucraniano y ruso, tras habernos obligado a presenciar las ejecuciones masivas, tras habernos salpicado con la sangre de los niños que aún aguantarán respirando dos o tres minutos, nos reserva para el último tramo de la novela la visita a las instalaciones subterráneas de Dora, donde miles de prisioneros esqueléticos montaban a golpe de porra los motores de las V2.

La mayor parte de las instalaciones subterráneas nazis permanecen cerradas, cuando no dinamitadas. 
En el caso de Dora-Mittelbau, una pequeña sección se ha reconvertido en museo.

"Esto es el infierno de Dante", dice uno de los asistentes de Max, durante la inspección de los túneles.
Discrepo. El infierno de Dante es más acogedor.


Jonathan Litell ha escrito una novela estremecedora. No sólo por lo que en ella describe; también por la conclusión que insinúa de forma implícita: nos creemos mejores, pero los humanos somos realmente así, como los que pueblan estas páginas odiosas.

"Son páginas que quitan el habla", nos dice Vargas Llosa en la contraportada.
En efecto, ante la barbarie uno no sabe qué decir. Puede que ante la barbarie sólo quepa la opción de gritar.

Por si quedaba algún margen a la esperanza, cedo la palabra a uno de los verdugos para que se despida con esta demoledora sentencia:

"Si has nacido en un país o en una época en donde no sólo nadie ha venido a matar a tu mujer y a tus hijos sino que además de eso nadie ha venido a pedirte que mates a los hijos y a las mujeres de otros hombres, dale las gracias a Dios y vete en paz. Pero no pierdas esto de vista: no eres mejor persona que yo; simplemente, has tenido más suerte."







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