domingo

7: El mecanógrafo, de Javier García Sánchez.

Empiezo mostrando una fotografía del ejemplar que tengo en casa.
Es casi más grueso que ancho. Impresiona, ¿verdad? 




Si mis cuentas no fallan, 660.000 palabras.
Novelas que todo el mundo considera muy voluminosas
  • Ulises, de James Joyce, 270.000
  • Don Quijote, de Miguel de Cervantes, 380.000
  • Cien años de soledad, de García Márquez, 145.000
  • Rayuela, de Julio Cortázar, 230.000
  • La guerra y la paz, de Tolstoi, 560.000
  • Los miserables, de Víctor Hugo, 530.000
  • El Señor de los Anillos, de Tolkien, 495.000
  • El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, 430.000
parecen poca cosa al lado de este coloso.
Habría que contabilizar juntos los siete libros de Harry Potter para encontrar una cifra significativamente superior: 1.100.000 palabras suman entre los siete. O sumar juntos los siete libros que componen "En busca del tiempo perdido", de Proust: 1.300.000 palabras.

Trescientas palabras por minuto es un ritmo de lectura entre medio y alto, de modo que quien pretenda leer la novela "El mecanógrafo" deberá reservarle casi cuarenta horas. 
Como puede apreciarse en la foto anterior, mi ejemplar tiene el lomo descosido y ha perdido la sobrecubierta, que era como la de esta foto.



Más manoseado ya no puede estar. Yo no le he dedicado cuarenta horas. Le he dedicado muchas más. Y eso que yo leo a quinientas por minuto. Lo he leído, lo he releído y lo he vuelto a releer. Después, he elegido determinados párrafos y los he leído por cuarta vez, pero en desorden, como si me hubiese confundido con Rayuela. Finalmente, he releído fragmentos al azar.
Lo leí por primera vez en 1990. Creo que empiezo a asimilarlo.

"El mecanógrafo" no es un libro dispuesto a respetar convencionalismos. De hecho, empieza pisoteando uno de los acuerdos tácitos más arraigados en nuestra sociedad: no desvelarle el final de un libro a quien no lo ha leído. En lugar de ceñirse a lo que establece la norma, el autor empieza revelándonos lo que va a ocurrir al final, de modo que leemos el libro sabiendo desde el principio cómo acaba. Así, no cabe la duda ni la sorpresa al leer las últimas páginas. Las sorpresas van en medio, en las páginas que nos llevan a ese final sabido de antemano.

El libro comienza en primera persona.
Quien nos habla se está haciendo una serie de preguntas: ¿Qué motivos pueden llevar a un hombre sin antecedentes y aparentemente tranquilo a cometer un asesinato múltiple? ¿Qué razones pueden llevarlo a elegir como escenario un colegio? ¿Qué puede estar pasando por su cabeza en el momento de apretar el gatillo, y acabar con la vida de dos niñas, un niño y dos adultos?
Quien nos habla - la documentalista Else Weigel - está recordando un punto clave de su biografía: en marzo de 1984 fue contratada por la policía para informatizar una serie de archivos. Entre ellos, se encontró con uno que incluía varios miles de folios; el expediente X.P.100.R.J.93.4.6.1983. El expediente dedicado a Josef Króhasca, el exiliado checoslovaco que en la mañana del 4 de Junio de 1983 entró en el colegio de un pueblecito cercano a Frankfurt llevando consigo tres pistolas y ocho cargadores, y sin que nadie pueda darnos un porqué le puso punto final a cinco vidas ajenas y a la suya propia.
Else Weigel nos explica que, formando parte de aquel voluminoso expediente, había casi dos mil hojas escritas por el asesino. Escritas a máquina. Sus vecinos lo llamaban "el mecanógrafo". El ruido que hacía al teclear se oía hasta muy tarde; a veces, hasta las dos o las tres de la madrugada.
Else Weigel nos explica que ese montón abrumador de folios, además de estar escrito en alemán (unas tres cuartas partes) y en checo (el resto), contiene cientos y cientos de anotaciones hechas con letra de pulga, prácticamente ilegibles, tanto en los márgenes como entre líneas; que la mayoría están sin numerar; que no parecen estar en orden; que tras un párrafo de alta filosofía viene otro consagrado a refunfuñar de los vecinos; que los temas se mezclan y entrecruzan sin que se vea un hilo conductor por ninguna parte. Que la tarea de reescribir ese diario, traduciendo la parte escrita en checo, poniendo orden en el caos, ensamblando los párrafos originales con las anotaciones y las correcciones, pasando todo a limpio... parece una tarea imposible. Pero Else Weigel se pone manos a la obra. Invierte dos años. Y termina de armar el rompecabezas. Ahora nos lo ofrece, para que tras su lectura podamos juzgar por nosotros mismos.

El libro continúa en primera persona; pero ahora es Josef Króhasca, solitario y loco, asesino y suicida, quien nos habla.
Su diario empieza en la página 37 y acaba en la 822.
Es una lectura aplastante.
El lector se siente estrujado, prensado, apisonado, arrollado por ese torrente incontenible de palabras que a veces forman frases y a veces no, que a veces tienen un sentido claro y a veces no, que a veces parecen fruto de una mente enferma y a veces no, que a veces parecen razonamiento y a veces delirio.
El lector se siente desbordado. El diario de Josef Króhasca no se conforma con ser voluminoso; además, habla de todo: arte, política, religión, manejo de armas, música, enfermedades, venenos, alergias, industria, noticias, psicología, literatura, teología, historia, crianza de aves de corral, las manías de sus vecinos, las suyas propias, su guerra particular contra los ordenadores, el buen uso del tabaco de pipa, lo solo que se siente viviendo en Alemania, lo solo que se sentiría si volviese a Praga, el difuminado recuerdo de sus familiares, su lectura obsesiva de Kant, sus recortes de noticias raras.... Sus frustraciones... Su progresiva paranoia... Su deterioro mental...

El autor - no perdamos de vista que hay un autor detrás de todo este montaje - dedica las primeras 400 páginas del diario a meternos dentro de la cabeza de Króhasca; una cabeza que poco a poco va desenfocando el mundo que le rodea; una cabeza que poco a poco va estando cada vez más confundida.

Y entonces, alrededor de la página 450, la novela empieza de verdad.
Ocurre algo.
Algo muy raro.

Y Josef Króhasca, con su soledad a cuestas, con sus obsesiones, con su precaria estabilidad mental, con su manía compulsiva de escribirlo todo, intenta entenderlo.
Pero lo que ha ocurrido... es demasiado raro.
No es fácil de entender.
Estudia. Investiga. Lee.
Durante otras 400 páginas, Króhasca nos cuenta en su diario lo que estudia, lo que investiga, lo que descubre, lo que sospecha, lo que intuye, lo que teme; y, sobre todo, nos cuenta cómo se siente ante la inconcebible magnitud del hallazgo: sobrecogido, desconcertado, asustado. Y solo. Muy solo.
Puede que esté cada vez más loco.
Puede que esté cada vez más lúcido.

En todo caso, el autor consigue algo tan difícil que parece casi milagroso: cuando Josef Króhasca coge tres de sus pistolas favoritas y se encamina al colegio, dispuesto a disparar sobre las cabezas de los niños, sabemos lo que está pensando.
Sabemos por qué lo hace.
Sabemos por qué  aprieta el gatillo.
El autor lo ha logrado: nos ha metido dentro de la cabeza del loco.
Un gran aplauso, por favor.


Ya sé que somos muy pocos los que hemos acabado este monumental relato. Ya sé que la mayoría se deja intimidar por su volumen, cuando no por el inicio del diario, que se estrena de una forma extraña, retorcida, engañosa.
Háganme caso: en lugar de dejarse intimidar, déjense seducir.
"El mecanógrafo" es una obra maestra. De verdad. De verdad de la buena.


Adenda

El 7 de Junio de 1983 aparecía esta noticia en el periódico "EL PAÍS".




Javier García Sánchez coge como punto de partida una noticia de 20 líneas y la transforma en un novelón de 900 páginas.
Y no lo hace en 2016, con el auxilio de internet, que nos pone miles de datos a la distancia de un click. Lo hace entre 1983 y 1988. Sin Google. Sin procesador de texto. Usando una pluma estilográfica, con la desmedida paciencia de un monje medieval.
Otro gran aplauso, por favor.




El mecanógrafoEl mecanógrafo by Javier García Sánchez
My rating: 5 of 5 stars

Una novela que no se conforma con ser impresionante por su volumen, sino que también lo es por otros muchos motivos, como la extrema originalidad de su planteamiento, la brutal crudeza de algunos párrafos o la profundidad de las múltiples dudas éticas que plantea.
Recomendable para todos aquellos que no se dejen asustar por los libros rompedores de moldes.







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