martes

9: La extinción de los dinosaurios

(I) 
Durante años, la extinción de los dinosaurios fue un misterio.



A partir de un cierto estrato, desaparecían del registro fósil miles de especies que durante millones de años habían ocupado los puestos de honor en el entramado de los ecosistemas terrestres; especies que habían desempeñado papeles estelares, se esfumaban – nunca mejor dicho – sin dejar rastro.
¿Por qué?

Las primeras explicaciones iban desde una intoxicación masiva que los había envenado a todos hasta la posibilidad de que se hubieran extinguido de manera gradual y si su desaparición nos parecía brusca no era porque de hecho lo hubiese sido, sino por nuestra torpeza al buscar fósiles y porque pocos centímetros arriba o abajo en una excavación pueden suponer una diferencia significativa en la datación de los restos encontrados; de hecho, aunque la última palabra a la hora de datar restos la tengan los métodos radiométricos y no la estratigrafía clásica, la medición precisa de la profundidad a la que se halló un resto sigue siendo importantísima para poder comparar con estratos de otros continentes.

¿Y por qué me pongo yo a escribir una entrada sobre este tema?
En parte porque hay gente convencida de que la desaparición de los dinosaurios sigue siendo un misterio, y tal vez este texto les sea útil. Pero sobre todo porque entre las características que definen al siglo XXI podemos destacar una que hace dos décadas nadie habría sospechado: “En internet abundan las páginas – vídeos, especialmente – dedicadas a propagar auténticos disparates diciendo que son teorías científicas o que tienen el respaldo de algunos científicos o que proceden de una investigación científica. Lo bueno es que se distinguen a primera vista: el supuesto científico nunca tiene nombre propio. Lo malo es que abundan hasta tal punto que miles de personas dan por bueno el disparate.”
Ya va siendo hora de presentar batalla. Y el asunto de los dinosaurios no parece mala opción para una primera escaramuza.

(II)
Para empezar, es imprescindible entender que las ciencias experimentales – y sobre todo las descriptivas, como la Botánica o la Geología – no pretenden explicar nada de forma dogmática o axiomática; no pretenden explicar nada al modo de la Geometría (un teorema se demuestra una vez y ya queda demostrado para siempre) ni al modo de la Teología (la verdad es la que es porque nos ha sido revelada por un ser superior).
La ciencia no funciona de ninguna de esas dos maneras.
Lo que la ciencia hace ante una duda es “ofrecer la propuesta de explicación más simple posible con los datos disponibles”. En menos palabras, “proponer una hipótesis”. A veces, los nuevos datos corroboran la hipótesis y esta se consolida como “la mejor explicación que tenemos por ahora”. Otras veces, los datos tiran por tierra la hipótesis y deben proponerse alternativas. Esta es la Regla Número 1 de la Ciencia.
La Regla Número 2 establece que en la hipótesis no pueden incluirse elementos no observables o – no entro ahora en este matiz – no medibles.

Quien no quiera jugar con estas reglas está en su derecho, pero que no diga que está haciendo ciencia. Estará haciendo otra cosa. Exactamente igual que está en su perfecto derecho quien quiera jugar con un balón esférico, pero que no diga que está jugando al rugby. Así, del mismo modo que quien quiera jugar al rugby debe respetar el reglamento del rugby, quien quiera hacer ciencia deberá respetar las reglas de la ciencia: se propone una hipótesis observable, se contrasta con las pruebas, queda reforzada si hay pruebas a favor (cuando son muchas y contundentes la hipótesis asciende al rango de Teoría) o queda rechazada si las pruebas están en contra. No hay más.

Piensa en esto cada vez que alguien te quiera "vender la moto” de que te está contando algo “científico” y a continuación te diga – el ejemplo no es invención mía, es un ejemplo real oído en un debate televisivo – que hay “pruebas científicas” de que una cierta dieta beneficia al espíritu. 
Como el espíritu es un no observable, lo que te están contando puede ser interesantísimo, sí; puede ser digno de reflexión, sí; pero científico, no. 
Defender que hay “pruebas científicas” referidas a algo no observable es como defender que ha habido una canasta de tres puntos en un partido de tenis. Piensa en este ejemplo deportivo cada vez que quieran contarte un cuento.

(III)
Si de verdad se quiere actuar con mentalidad científica (lo cual, por supuesto, no es obligatorio; puede usted actuar de otro modo si quiere, pero luego no adultere el significado de las palabras) hay que dar tres pasos.

El primero consiste en quitarle la etiqueta “científica” a toda explicación que incumpla las reglas.
Ejemplo exagerado pero no inventado: “Los dinosaurios se extinguieron porque Dios tomó la decisión de exterminarlos y los mató a todos”. Incumple la regla número dos. No es una explicación científica. ¿Usted considera que esta explicación es la correcta? Está en su perfecto derecho; pero no diga que la explicación además de parecerle correcta es “científica”. Se ponga como se ponga, no lo es. 

El segundo paso es archivar en un cajón las explicaciones no verificables.
Ejemplo que tampoco me invento yo; lo propuso en un documental un señor que se había peinado con un ventilador: “Los dinosaurios no se extinguieron, sino que fueron sacados del planeta. Desaparecieron del registro fósil porque una serie de sucesivas expediciones de zoólogos extraterrestres se los llevó en sus naves”.

 
Aragornbird. Devianart.

Es una hipótesis muy pintoresca, que no incumple la regla dos. Pero no es la más simple: añade un elemento (los expedicionarios cósmicos) del que no hay suficientes registros o pruebas o indicios.
Por lo que a la ciencia se refiere, el primer ejemplo ni tan siquiera se admite a trámite (jamás podrá admitirse porque Dios es un no observable); el segundo ejemplo está en un cajón (quizá algún día se encuentren nuevas pruebas que obliguen a reconsiderar esa propuesta tan “peliculera”: el esqueleto de un ictiosaurio con un anzuelo en el paladar, por ejemplo).

INCISO: Las personas religiosas no tienen ningún motivo para sentirse ofendidas por lo anterior. Usted puede creer que Dios existe, que Dios creó el universo, que nos va a juzgar después de muertos… Usted está en su perfecto derecho de creer todo eso; pero en un texto científico a Dios no se le admite como explicación de nada porque es un no observable. Esto no es ninguna ofensa. Es una restricción que la ciencia se autoimpone a priori: los entes no observables ni se nombran. 

El tercer paso es formular bien las preguntas.
No se trata de “¿Por qué se extinguieron los dinosaurios?” sino que se trata de “En el registro fósil se observa que hace sesenta y seis millones de años se produjo la brusca desaparición de unas especies (casi el 80% de las presentes) y la supervivencia de otras; entre las supervivientes de tierra firme, raramente encontramos ejemplares que superen los 30 kg de masa corporal; ¿cuál es la mejor hipótesis que podemos ofrecer para justificar estos hechos?”
¿Se aprecia que la pregunta es muy distinta? No sólo se extinguieron los dinosaurios; también un considerable número de plantas y de peces y de cocodrilos. Y no se extinguieron TODOS los dinosaurios; algunos siguen aquí: solemos llamarlos pájaros. Y fueron los animales más grandes los que llevaron la peor parte, mientras los pequeños sobrevivían. ¿Se ve que la pregunta no es la misma?

(IV)
Y bien, ¿cuál es la mejor hipótesis que puede ofrecer la ciencia a fecha de hoy (septiembre 2017) para justificar razonadamente la extinción masiva de hace 66 millones de años?
Sí, sí, lo has acertado: la hipótesis del meteorito. Ésa es la mejor ahora mismo (la tilde la he puesto adrede).

¿Y por qué hay tantas personas dedicadas a renegar de la hipótesis del meteorito?
Por la misma razón por la que hay cientos de videos en internet renegando de la Teoría de la Evolución, propuesta por Darwin en 1855: porque no la han estudiado. No critican la Teoría de la Evolución; critican un conjunto de ideas que confunden con la Teoría de la Evolución.
Del mismo modo, no critican la hipótesis del meteorito; critican la interpretación que ellos dan a la hipótesis del meteorito.

Empezaré con un ejemplo muy bestia: “Lo del meteorito es una chorrada; ¿qué pasa, que se pusieron de acuerdo todos los dinosaurios para juntarse todos bien apretados justo donde iba a caer y que los pillase debajo?”. He oído en serio esta crítica. Pero es que la hipótesis del meteorito no dice que les cayese en la cabeza y los matase del golpe.

Un ejemplo más sutil: “Si el meteorito acabó con los dinosaurios, tendría que haber acabado también con los tiburones, con las arañas, con los sapos y hasta con las lechugas”. También he oído esta crítica. Pero es que la hipótesis del meteorito no dice que “el gran pedrusco” arrasase con todo, dejando a su paso el suelo pelado y los mares resecos, ni dice que el meteorito tuviese voluntad y eligiese “a ti te mato, a ti  no, a ti sí, a ti no…”

No se está criticando la hipótesis del meteorito. Se está malinterpretando la hipótesis del meteorito.
Intentaré explicarla bien, a ver si algún detractor dice “Caramba, caramba, reconozco que me lo había imaginado de otra manera”.

(V)
Los primeros que propusieron la hipótesis del meteorito fueron los doctores Louis y Walter Álvarez (padre e hijo).

 

Estudiaron la capa límite por encima de la cual no se encuentran restos de dinosaurios (Límite K/T suele llamarse) y hallaron dos pistas fundamentales: una concentración anormalmente alta de Iridio asociado a esférulas de Níquel-Platino y una capa de hollín mezclado con polvo rocoso rico en cuarzo, que contenía tectitas y en la que posteriormente se comprobó la existencia de un pico altísimo de esporas vegetales que no habían llegado a eclosionar. Tanto la concentración de Iridio-Níquel-Platino como el hollín con las esporas, decrecían ligeramente hacia los polos (los valores mínimos están en Siberia y en la Patagonia) y alcanzaban los valores máximos en los yacimientos norteamericanos, por ejemplo en Starkville y en Hell Creek.

El hollín y las esporas incapaces de eclosionar nos están hablando de un incendio masivo, que afectó a la vegetación de casi todo el planeta. El níquel, el platino, el cuarzo y las tectitas nos están diciendo que el incendio no lo provocó un rayo, sino algo capaz de liberar una energía muchísimo mayor: tanta como para que puedan formarse depósitos con cantidades apreciables de microesferas de níquel-platino, con cuarzo extraído de rocas profundas, y con tectitas, que no llegan a formarse con la energía liberada por ningún explosivo químico. El Iridio nos está diciendo que con el material terrestre hay mezclado material meteórico. Finalmente, las concentraciones decrecientes nos están diciendo que el punto de impacto se situó en los Estados Unidos o en México o cerca.

 

Con los datos estratigráficos, se calculó la energía necesaria y a partir de ella el tamaño que debería haber tenido un asteroide para provocar tal situación (los modelos informatizados de 2006 han corroborado los cálculos que se hicieron a lápiz a finales de los 80), y el tamaño y las características del cráter que habría dejado, cuyo diámetro primario se estimó en 200 km, con una falla externa de 220 o 230.

 

Como quiera que un cráter de 200 km debería ser fácil de ver y no se veía por ningún sitio, la hipótesis de Álvarez se quedó archivada casi 15 años. El descubrimiento de un cráter submarino frente a las costas de Yucatán, llevado a cabo por una prospección petrolífera, la volvió a sacar a la luz. La medición del cráter estableció un diámetro primario de 188 km con una falla externa de 240. La datación preliminar – por magnetoestratigrafía – del impacto fue de 65 millones de años.

(VI)
El cuadro queda así. 
Estamos a finales del Cretácico. Los ecosistemas existentes son tan complejos como los actuales, aunque con otros actores en los papeles de herbívoro, predador, carroñero... Los vientos y las corrientes oceánicas son más suaves que ahora (se sabe por el tipo de sedimentos). La temperatura promedio y la concentración de oxígeno en la atmósfera son ligeramente mayores que las actuales, de modo que la zona del planeta rica en vegetación es más extensa y exuberante que la actual, pudiendo mantener a los mayores herbívoros que jamás han pisado la tierra (el no va más es un "monstruo" encontrado en Argentina, claramente por encima de las 100 toneladas), los cuales a su vez alimentaban a carnívoros tan gigantescos que de tenerlos hoy día en un zoo necesitarían media tonelada diaria de carne, y puede que me quede corto.


Pero el paraíso estaba a punto de acabarse de golpe.
La mecánica celeste decreta que un meteorito de casi doce kilómetros de diámetro (puesto sobre la ciudad de Zaragoza, la taparía entera), con una masa que no estaría muy lejos de 3’5.1015 kg, impacte en lo que ahora es el golfo de México. Doce kilómetros de diámetro quiere decir que en el instante en que un extremo toca tierra, el extremo superior está más alto que el Everest. Mucho más alto. Como la velocidad de impacto ronda los 50.000 km/h, nadie habría podido apreciar ese detalle: de haber estado allí mirando, el choque de toda la masa nos habría parecido instantáneo. El impacto fue tan potente que su energía cinética atravesó el planeta y desató una ola de erupciones volcánicas en lo que entonces eran los antípodas de México, la actual India.


El penacho térmico de material rocoso vaporizado alcanzó los 1.500 ºC en el punto de impacto y la onda térmica rodeó el planeta entero en una hora, provocando miles de incendios forestales, que estuvieron activos aproximadamente una quincena. La capa de escombros rocosos pulverizados que quedó en suspensión en las capas altas de la atmósfera fue tan voluminosa que ocultó la luz solar, dejando a la tierra sumida en la oscuridad y el frío durante siete, ocho o nueve meses; algunos modelos informáticos alargan esta etapa hasta los 30 años de duración, durante los cuales la temperatura promedio de la Tierra habría bajado de 20ºC a tan solo 9ºC. La oscuridad reinante provocó una reducción drástica de la fotosíntesis, lo que a su vez bloqueó el crecimiento de las plantas.
Y si las plantas no crecen... no hay comida para nadie.

La situación provocada por el metorito se resume en "poca comida y mucho frío". Así que cuanto más grande seas y más comida necesites, peor. Cuanto más restringida sea tu dieta, peor. Cuanto menos eficiente sea tu sistema de termoregulación, peor. Cuanto más difícil te sea esconderte en madrigueras o cuevas o bajo el agua, peor.
Los seres vivos más especializados y más masivos, tuvieron pocas probabilidades de sobrevivir a las durísimas condiciones que provocó el meteorito. Los pequeños y polivalentes, muchas más.
El imponente tiranosaurio sucumbió. La insignificante hormiga, la diminuta lagartija, el humilde gorrión, pasando hambre y frío, escondidos la mayor parte del tiempo, resistieron. 
Casi se me olvida... También aguantaron el tipo unos topillos omnívoros, medio ciegos, que a duras penas llegaban a pesar cincuenta gramos. Gracias a ellos estás tú ahora leyendo.



(VII)
Hay quien piensa que los estratos se datan a ojo de buen cubero y hay quien piensa que no existe más método de datación absoluta que el carbono-14. Incluso hay quien piensa que entre la datación del límite K/T y la datación del cráter meteórico hay márgenes de error de casi medio millón de años, lo cual invalidaría la explicación anterior. Pero no es así. 
En abril de 2008 publicó la Berkeley University un artículo rebajando el margen de error a 40.000 años.
Este es el artículo original de la Berkeley University


Más recientemente, en febrero de 2013, otro equipo de investigadores del Centro Geocronológico de Berkeley (BGC), dirigido por el doctor Paul Renne, publicó el resultado de sus últimos análisis por radiometría de potasio-argón. Tanto las tectitas del límite K/T como el cráter Chicxulub – que así se llama – son de hace 66.038.000 años, con un margen de error de 5.500 años. 
En este artículo recoge la noticia el ABC


Y este margen de error, que empezó en 300.000 años y ahora está en 5.500, se seguirá reduciendo en la medida en que aumentemos la precisión del instrumental.

(VIII)
En resumen, que los dinosaurios (y con ellos todos los que pesaban más de 30 o 35 kg) se extinguieron porque no pudieron adaptarse a las condiciones medioambientales extremas que provocó la caída de un gran meteorito, ¿es la verdad absoluta? 
Pues claro que no. Si la verdad absoluta, en ciencia, ni siquiera existe, ¿cómo va a serlo?
Pero por ahora es la mejor hipótesis.





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