miércoles

6: LOS CISNES INTENTAN DECIRNOS ALGO

(I)

    Existe un tipo de novela que a mí me gusta resumir en la expresión “Nos presentan al protagonista y le empiezan a pasar cosas”. 
La mayoría de las novelas que alcanzan grandes cifras de ventas son de este tipo, al que en modo alguno estoy menospreciando. Y si se me pide un ejemplo a bocajarro, citaré “La isla del tesoro”, de Robert Louis Stevenson, con un primer capítulo tan rematadamente genial que ha pasado a formar parte del imaginario colectivo de la humanidad: hasta los que jamás han leído a Stevenson pueden imaginarse al viejo bucanero llegando a la posada del almirante Benbow y hasta los abstemios más incorruptibles saben cantar su canción marinera... 

“Quince hombres sobre el cofre del muerto, ron, ron, ron, la botella de ron. Sigue bebiendo y el diablo hará el resto, ron, ron, ron, la botella de ron.”


En la literatura moderna podemos encontrar otro maravilloso ejemplo de este tipo de novela: las aventuras de Harry Potter, de J.K. Rowling. 
La autora comienza presentándonos al protagonista — lo hace con verdadera maestría — y nada más conocerlo le empiezan a pasar cosas, algunas muy raras; después, a lo largo de tres mil páginas, le pasarán muchas más.

     Al lado de este gran protagonista al que conocemos nada más empezar la novela, y que en parte sería el equivalente del caballero medieval, suele haber una variante de escudero que le sirve de contraste, de contrapunto; así, el utópico don Quijote tiene a su lado al realista Sancho, el maduro Guillermo de Baskerville lleva pegado como una lapa el novicio Adso, el correoso Batman se endurece aún más por contraste con su antítesis, el infantil Robin, y — ¿cómo olvidarme del mejor ejemplo de todos? — el astuto Sherlock Holmes siempre puede contar con la amable camaradería del ingenuo Watson.


En el caso de Potter, su autora no se conforma con un protagonista heroico y un escudero torpón (aunque Ron Wesley desempeña hasta cierto punto ese papel y en buena medida es comparable al cándido y crédulo doctor Watson), sino que se inventa una galería de personajes muy amplia y muy cuidada, entre los que destaca Hermione Granger, figura femenina que en el primer libro empieza pareciendo una especie de Pepito Grillo engreído y en el séptimo acaba siendo una mujer auténtica, de carne y hueso, con defectos y virtudes, lo que demuestra la solidez del personaje.



     (II)

     Pero existen otras novelas que en mayor o menor medida se rebelan contra ese esquema. Así, por poner un ejemplo muy obvio, “Abbadon, el exterminador”, ópera magna de Ernesto Sábato, tiene poco o nada que ver con “El narrador nos presenta al protagonista y luego nos cuenta las peripecias por las que atraviesa, y además nos las cuenta por orden”.
En este segundo tipo de novelas — citaré unas pocas: Rayuela, de Julio Cortázar; Ulises, de James Joyce; La casa de hojas, de Mark Danielewski; El mecanógrafo, de Javier García Sánchez; El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez; ­El proceso, de Franz Kafka; En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust; La colmena, de Camilo José Cela; El ruido y la furia, de William Faulkner; La vida instrucciones de uso, de George Perec— el lector se ve obligado a un mayor esfuerzo: no sólo debe imaginar en su pantalla mental la historia que el autor le presenta, sino que además debe montarla, ordenarla, hilvanarla, construirla; debe identificar personajes que a veces son esquivos, a veces no tienen nombre, a veces son imaginarios; personajes que van y vienen, entran y salen, son y no son; debe reescribir por sí mismo la novela que el autor le ofrece fragmentada, rota, inconclusa, esparcida, revuelta con otras diferentes, difuminada, huidiza.
Esto, pienso yo, no es mejor ni peor, no es defecto ni es virtud... pienso que es un reflejo de cómo el autor percibía el mundo en el momento en que se puso a escribir.

Isaac Asimov, por ejemplo, tenía una cabeza extremadamente bien ordenada. Como su biografía. Como sus apuntes de Química. Como sus ensayos. Como sus novelas. Todo está narrado en orden.
A Ernesto Sábato, a lo largo de su vida, le dio tiempo a ser comunista y anticomunista; le dio tiempo a ganarse un doctorado en Física Matemática, llegando a trabajar en los laboratorios Curie, para luego renegar de la ciencia y abandonarla por completo; le dio tiempo a formar parte de una comisión investigadora de crímenes y a sumergirse en expedientes abominables sobre torturas y desapariciones; le dio tiempo a experimentar en sus carnes la más extrema pobreza, durmiendo envuelto en periódicos en el París de los 40, para luego asentarse en un hogar de economía saneada y en la vejez acabar eligiendo una vida retirada y solitaria en medio de la pampa infinita. 
¿Cómo van a ser sus novelas un prodigio de orden, como las de Asimov?
No, no pueden serlo. No pueden serlo porque la obra siempre acaba reflejando — aunque a veces lo haga de formas retorcidas y alambicadas — lo que el autor siente ante el universo.
Y Sábato sentía esa terrible ruptura a la que se refería con su frase: 

No necesitan escribir novelas los tigres, que son carne pura, ni necesita escribir novelas un espíritu puro; lo necesitamos nosotros, que somos carne y somos espíritu y sabemos que somos algo, sí, pero no sabemos qué.”

No estoy menospreciando las novelas de Harry Potter o las aventuras de Sherlock Holmes o la Trilogía de Trántor, Dios me libre de semejante tontería. Pero invito a quien lea esta reflexión a vivir la experiencia, si no lo ha hecho nunca, de “enfrentarse” a alguna de estas novelas que reflejan (la frase no es mía) “la radical desorientación del hombre moderno ante el universo”. Novelas que obligan a un ejercicio mental que empieza siendo frustrante y acaba siendo curativo, como esos jarabes tan amargos que nos daban a los críos en la década de los 60.

(III)

    Hay un tercer tipo de novelas. A mí me gusta llamarlas novelas-baúl, aunque reconozco que la denominación no es perfecta. Novelas que son como esas muñecas rusas que llevan otra en su interior, y otra, y otra...
Así, por ejemplo, lees “El círculo de Jericó”, de César Mallorquí, y dentro te encuentras “El rebaño”, “El hombre dormido”, “La pared de hielo” y (posiblemente la mejor) “La casa del doctor Pétalo”, entre otras novelas cortas, ensambladas todas en un mismo andamiaje.
O lees el Decamerón y en su interior te encuentras “La buena moneda”, “Los tres anillos” o “La historia de Gerbino”, entre un total, si no cuento mal, de ochenta cuentos.
O, si te animas a leer “Las mil y una noches” (tarea que puede llevarte varios meses), te encontrarás dentro “Las aventuras de Simbad, el Marino”, “La historia de Alí Babá” y “La historia de la muerte”, junto a docenas de cuentos breves: sobre mendigos que no encuentran la fortuna, sobre genios que no encuentran quien los libre de la lámpara o sobre princesas que no encuentran quien las ame. Con el añadido de que un personaje de una historia se puede poner a contarle a otro una nueva narración, y dentro de esta puede haber otro narrador y dentro otro, y otro...


Esta estructura narrativa la retoma Miquel de Palol en “El jardín de los siete crepúsculos”, novela compleja donde las haya. Si un capítulo empieza con un 0 encima quiere decir que estamos leyendo la narración principal. Si un capítulo empieza con un 0/1 quiere decir que un personaje del nivel cero toma la palabra para contarnos una historia. Si un capítulo empieza 1/2, quiere decir que un personaje de nivel 1 toma la palabra para narrarnos algo... y así sucesivamente, hasta llegar a capítulos con el encabezado 6/7. Pues bien, llega un momento en que encuentras capítulos con encabezados aterradores, como 2/4 o 5/1. 
Esto requiere un esfuerzo de concentración por parte del lector muy superior al que se necesita para leer novelas del primer tipo, como “Los juegos del hambre”, por nombrar otro ejemplo famoso y moderno, que tampoco estoy menospreciando. Pero el esfuerzo vale la pena.

(IV)
    
Todo lo anterior pretende servirle de presentación a mi novela “LOS CISNES INTENTAN DECIRNOS ALGO", que en modo alguno responde al esquema “Tenemos un protagonista y le pasan cosas”.
Más bien es una novela-baúl. Y en este caso el baúl es bien gordo. Es tan gordo que no he tenido más remedio que dividir el libro en tres volúmenes: “TREINTA", “TRES”, “SEIS”. Entre los cuatro suman, redondeando, novecientas páginas.

En el primer volumen nos encontramos una recopilación de cuentos (“Las burbujas”, “Los barcos anclados", “La sombra en la cueva”, “Los huesos”, entre otros).
En el segundo volumen nos encontramos tres novelas cortas ("Servidor de Cthulhu", "La periodista" y "Los monjes")
En el tercer volumen, seis personajes se dedican a debatir sobre una amplia galería de temas, como por ejemplo si la existencia de abducciones extraterrestres es o no real, si es mayor o menor la credibilidad de las confesiones obtenidas bajo hipnosis, si es creíble o no el experimento Filadelfia o cuál es el mayor defecto de la humanidad.



Además de todo ello, a lo largo de los tres libros podemos encontrar datos sobre la posible ubicación de una antigua biblioteca, presumiblemente en un castillo italiano, cuyas puertas están custodiadas por oscuras estatuas que parecen representar cisnes. En dicha biblioteca está guardada la "Tabla sagrada de los 48 números".


Quien lea los tres libros, tal vez encuentres pistas suficientes para descifrarla.


  Sí, sí, ya lo sé... "Los cisnes intentan decirnos algo" no es una novela fácil de encasillar. Y a los vendedores les gusta saber en qué armario ponen cada cosa.
 Tampoco el título es muy comercial que digamos. "Asesinato en la biblioteca" seguro que vende más y "Asesinato inminente" ni te cuento.
 Pero yo no escribo en base a criterios comerciales. Escribo en base a psicosis, a traumas y a obsesiones. Nada que ver con puestos de ventas o con gráficos de ingresos. Escribo porque hay temas que me abrasan por dentro, que no me dejan dormir, que me recorren el cráneo día y noche, sin descanso, sin tregua, de modo que escribir no es una tarea ni un trabajo ni una ocupación; es una catarsis, una terapia, una alternativa al tratamiento psiquiátrico, una manera de evitar los psicofármacos. Publicar y vender ejemplares es secundario. Perdido y solo en una isla desierta, esas obsesiones seguirían presentes, y aunque fuese en las hojas de las palmeras o en la arena de la playa seguiría escribiendo para sentir algo de alivio. 


   

  Puedes adquirir un ejemplar en amazon, tanto en edición digital como en papel. Este es el enlace del primer volumen.


      Y en calameo puedes leer varios de los cuentos que aparecen en "TREINTA", como "EXPLORADORES" o "EL ESPEJO". 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Contador

Flag Counter