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8: Biografía mínima

Según me han contado mis padres, nací en Zaragoza un lunes, a la hora del desayuno.
En el calendario vigente era 5 de Marzo de 1962 dC. Como día juliano era el 2437729 y si hubiésemos usado el calendario Maya, tan de moda en el 2012, habría sido 12.17.8.8.6, 1 Cimi 4 Kayab.

Con tantos números disponibles, seguro que puede hacerse algún cálculo que dé por resultado la altura de la Gran Pirámide, la edad de Colón cuando se le cayó el primer diente o la duración del año sideral. Ese tipo de cálculos y sus quiméricas conclusiones siguen estando muy de moda al empezar el siglo XXI, de donde se deduce que aún no hemos asimilado los Principia Mathematica de Sir Isaac Newton; antes al contrario, seguimos viviendo en el reino de la magia, como en plena edad media. 
Lo cual explica que los niños quieran matricularse en el colegio de Harry Potter o que los adultos sigan confiando en videntes y adivinos que preguntan "quién es" cuando alguien llama a su puerta, como si no lo supieran.  También explica que un puñado de ingenuos haya inventado la asignatura "Ciencias para el Mundo Contemporáneo", como quien pretende apagar un incendio forestal con un botellín de gaseosa.

Lo cierto es que de mi nacimiento no me acuerdo. 
Mis dos recuerdos más antiguos son muy difusos: en uno estoy de pie sobre las rodillas de mi padre, agarrándome con ambas manos a un tendedor horizontal clavado en la pared y dejando vía libre a mis cromosomas más arcaicos, felices al creer que se están balanceando de rama en rama, que siguen habitando el paraíso de los árboles; en el otro, con pocos meses de edad, estoy tocando la nieve, estoy dejando que el dolor atraviese mis dedos, estoy rememorando la era glacial.

Mi primer recuerdo nítido es de Noviembre de 1963, así que yo ya tenía 20 meses. Estaba en la cocina, a ras de suelo, junto a la puerta de la galería. Estaba sentado en un orinal de plástico azul; no sé muy bien qué estaba haciendo pero ya llevaba allí sentado un buen rato. Mi madre estaba de pie, junto a la despensa, preparando unas judías verdes.  Oímos el ruido de la cerradura al abrirse, oímos pasos recorriendo el pasillo.  Mi padre llegó a la puerta de la cocina y se quedó allí, inmóvil y pálido. Llevaba puesta una gabardina que parecía de Humphrey Bogart. "Han matado a Kennedy". Lo dijo con una voz tan espantada que me eché a llorar. Puede afirmarse que mis primeras lágrimas fueron por Kennedy, en lugar de haber sido por Marilyn. ¡Qué cosas! ¡Con lo que me gusta el cine!

Podría nombrar unos cuantos recuerdos intermedios, pero voy a saltar hasta Septiembre de 1965. 
Con la fantástica edad de tres años y llevando puesto un disfraz en forma de bata a rayas, me veo a mí mismo entrando por primera vez en un aula. De todo un curso completo sólo recuerdo una escena: estoy frente a un cono amarillo que alguien ha puesto en el suelo a seis o siete pasos de mí; en mi mano izquierda hay cinco aros de colores; se supone que mi mano derecha debe ser capaz de tirarlos y ensartarlos en el cono amarillo. Mi cerebro está gritando "esto es imposible, esto es imposible". Lancé los aros y sólo acerté a ensartar uno. "Muy bien", dijo la profesora, que sigue teniendo 25 años en la fotografía que conserva mi madre. 
No le di las gracias por esas dos palabras. Supongo que era muy joven para darme cuenta de su importancia.

El contraste con las tres primeras palabras que oí en la Escuela de Ingeniería Técnica no puede ser mayor.  Un amigo y yo habíamos acudido al primer día de clase con media hora de margen; aun así, los nervios nos impedían resolver aquel laberinto y no dábamos con nuestra aula. Le pedimos auxilio a un profesor que deambulaba por el pasillo principal, confesándole que nos habíamos perdido. "Bienvenidos a Vietnam", fue todo lo que dijo antes de alejarse con la ensayada indiferencia de un monje taoísta.
No le di las gracias por esas tres palabras. Aún era pronto para darme cuenta de que son las que se merece alguien que aspira a ser ingeniero y no es capaz de encontrar una puerta numerada.

La moraleja es la siguiente: no trates al alumno de tres años como si ya se hubiese matriculado en la Universidad ni al alumno de bachillerato como si aún durmiese con un sonajero .
Al de tres hay que decirle "Muy bien" aunque no acierte un puto aro, y al de bachillerato hay que exigirle que cumpla la misión como un buen soldado y que se abstenga de toda excusa.
Por si no lo has deducido, acabé una ingeniería y ahora me dedico a explicar el Teorema de Pitágoras, cómo se resuelven ecuaciones de segundo grado o qué es un mol.  Concretamente, en el CES San Valero.
Dicho de otro modo, dedico el día a enseñar Ciencias; una tarea racional, luminosa, solar. Así que de día soy el doctor Jekyll.
Cuando anochece - no hay Jekyll sin Hyde - ejerzo de novelista; una tarea irracional, oscura, lunar.

Como dice Mario Vargas Llosa: "La autencidad del novelista consiste en aceptar sus propios demonios".
Yo tengo unos cuantos. 
Al caer la medianoche, salen de sus escondrijos, se sirven tres o cuatro pintas de Stout, se encienden unas pipas que a veces huelen como las que se fumaba Bilbo Bolsón antes de encontrar el Anillo Único y otras veces me recuerdan el horrible tabaco negro que desayuna Sherlock Holmes, y entre pinta y pipa me cuentan sus desvaríos. 
Más de una vez he dicho que no soy escritor sino escribiente: me limito a pasar a limpio lo que mis demonios me dictan. Otro gallo me cantaría si en lugar de estos cabezones desgarbados quisieran inspirarme unas musas decentes, como Euterpe, Talía o Calíope. Algo hay en mí que las espanta; mi afición a la literatura de terror, seguramente.

Teniendo en cuenta que de la familia no voy a pregonar ningún dato, podemos ir dando por acabado este perfil.


Una última reflexión: como ya he nacido, he crecido y me he reproducido, supongo que en estricta aplicación de la definición clásica cuando me muera ya no habrá duda de que soy un ser vivo. No sé si lo dicho es una paradoja o un oxímoron. De buena gana se lo preguntaría a Epiménides, pero una poderosa razón me lo impide: no hablo cretense.


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