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4: Estudiar OVNIs, ¿es ciencia?

Si para ser “investigador de ovnis” bastase con haber leído montañas de papel impreso sobre el tema, yo lo sería de pleno derecho. Me he leído – además de las revistas "Cuadernos de ufología", "Stendek", "Contactos extraterrestres", "Ufo magazine", "Flying saucer review" y algunas otras que no nombro – todos los libros sobre ovnis escritos en español, casi todos los que están traducidos del inglés y del francés y un puñado de los que están pendientes de traducción, como por ejemplo “Messengers of deception”, del doctor Jacques Vallée, a quien Antonio Ribera había traducido libros anteriores; el interesantísimo “Pasaporte a Magonia” sin ir más lejos.


Voy a dedicar tres líneas al asunto de las traducciones. Antonio Ribera era un excelente ejemplo de traductor honrado. Me explico: él era partidario de la hipótesis extraterrestre. No parecía un buen candidato para traducir a Jacques Vallée, quien siempre sostuvo que la hipótesis extraterrestre es un completo desatino. Sin embargo, sus traducciones son intachables. Traduce las opiniones de Vallé de un idioma a otro y las suyas propias se las guarda y ni las insinúa de refilón. El que es honrado es honrado y ya está.

Antonio Ribera Jordá. Escritor, traductor, submarinista, políglota...


La hipótesis extraterrestre sostiene que la casuística ovni queda explicada con la existencia de una civilización – o varias – de seres humanoides originarios de otro planeta que periódicamente visitan la Tierra en sus naves interplanetarias – de preferencia discoidal – a la busca de algo que no acabamos de saber qué es, si bien caben pocas dudas de que usan nuestros lagos y nuestros tendidos de alta tensión para aprovisionarse de agua y de energía eléctrica. Hay una variante tenebrosa, según la cual de lo que se aprovisionan en nuestro planeta es de sangre de mamífero.
Para Jacques Vallée, doctor en astrofísica, antes de tomarse en serio la hipótesis extraterrestre habría que descartar por alguna razón muy poderosa el origen terráqueo del fenómeno y habría que decantarse por la existencia material de los ovnis antes que por su existencia psíquica, inclinarse a pensar que sean de una aleación metálica antes que hologramas y proyecciones, aceptar que se parezcan más a un león que a la imagen televisada de un león.

Y estudiar todo esto, ¿constituye una ciencia?, ¿es ciencia?

Me lo suelen preguntar de una manera menos comedida: tú que tienes la cabeza tan cuadriculada, tú que afirmas verlo todo con ojos de ingeniero, tú que a veces no logras morderte la lengua y sueltas eso de “no se puede saber nada sin empezar por saber Física”, ¿cómo es posible que le dediques tanto tiempo a los ovnis, que no tienen nada de científico?

Creo que la explicación de esta aparente paradoja es muy importante.

En mi opinión, todos deberíamos tener meridianamente claro que la pregunta “¿los ovnis son un tema de estudio científico?” sólo admite una respuesta correcta: “ni sí ni no”.

El tema de estudio ni es ni deja de ser científico per se, por sí mismo, en sí mismo.
Soy yo el que abordo su estudio CON o SIN actitud científica.
Mi actitud ante los ovnis puede SER o puede NO SER científica. Ellos, no.
Lo que marca la diferencia no es el tema de estudio; es mi actitud al estudiarlo.

Y esto es crucial.

Algunos grandes cerebros han sentido vergüenza ante la posibilidad de que, si le dedicaban tiempo a los ovnis, sus colegas pudieran enterarse. ¡Qué escándalo!

¿Dónde está el escándalo en estudiar los ovnis si se hace con seriedad, con franqueza, con honradez?
¿Dónde está la vergüenza en estudiar las abducciones si se hace buscando sinceramente la verdad?
¿Ante quién debo excusarme por estudiar el caso Roswell, el caso Ummo, el caso Bebedouro, si lo que intento es poner luz donde reinan las tinieblas?

Yo no siento ninguna vergüenza. He estudiado los ovnis – lo sigo haciendo – con la misma seriedad metodológica que emplearía en el análisis de unos restos orgánicos hallados en el lugar de un crimen.
Entre otras razones, estoy seguro de mi propia seriedad metodológica por el siguiente motivo: le tengo tanto respeto y tanta consideración a Antonio Ribera que a veces siento la tentación de defender las tesis que defendía él. Pero no lo hago. No las defiendo porque a mi entender no explican satisfactoriamente la totalidad de los hechos observados. Si las defendiese sin más razón que porque eran las de alguien a quien admiro, si le concediese a Antonio Ribera el principio de autoridad y por ser quien es aceptase su verdad como mía, en ese mismo instante mi actitud habría dejado de ser científica.
A los ovnis, sean lo que quiera que sean, tangibles o no, que yo hiciese tal cosa les daría igual.
A mí, no.

Corolario: pierden el tiempo los que intentan convencerme de sus tesis aportando como prueba lo que diga o deje de decir la Biblia. Han concedido el principio de autoridad a un libro alegando que es obra de Dios, y en el mismo instante en que lo han hecho han renunciado a la esencia misma de la ciencia: no concederle principio de autoridad a nadie. Ni siquiera a Dios.


Se observa, se razona, se comprueba, se corrige. No hay más. Ni menos.

Quiero puntualizar otra idea que a mi entender también es muy importante: las personas religiosas no tienen razón alguna para sentirse ofendidas por lo anterior. La proposición "no deben usarse en una disputa teológica argumentos científicos ni deben usarse en una disputa científica argumentos teológicos" es formalmente equivalente a "no debe arbitrarse un partido de fútbol aplicando el reglamento del rugby ni un partido de rugby aplicando el reglamento del fútbol". ¿Dónde está la ofensa?

Todo esto nadie supo decirlo mejor que el matemático Alan Turing: "La ciencia es una ecuación diferencial. La religión es una condición de contorno".

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