viernes

2: El papel manda

El 20 de octubre de 1882 nacía Bela Lugosi en Lugoj, un pequeño pueblecito de Transilvania. Y muy cerca, en Freidorf, al lado de Timisoara, nacía Janos Weissmüller casi 20 años más tarde, el 2 de junio de 1904.
Ambos, por diversos motivos, emigraron a EEUU.
Lugosi fallece a los 76 años. Weissmüller, a los 80.

El primero de los dos supo arregárselas desde muy joven para trabajar – incluso de minero – sin descuidar sus estudios de arte dramático. Trabajó como actor de teatro durante décadas y parecía destinado a seguir en el teatro para siempre. Pero, en 1931, cuando está a punto de cumplir 50, le ofrecen un papel en ese extraño invento llamado cine: Lon Chaney ha rechazado por motivos de salud encarnar al conde Drácula en la versión de la obra de Stoker que está preparando la Universal, y el director Tod Browning ha pensado – después de verle actuar en el teatro bordando un papel de malo malísimo - que Lugosi puede ser el sustituto perfecto. Y así, en 1931, Bela Lugosi deja de ser Bela Lugosi y se convierte en el conde Drácula.


El segundo fue un niño debilucho, siempre cansado y con gran afición a tener fiebre. Por si fuera poco, contrajo una enfermedad infecciosa que lo puso al borde de la muerte y que lo dejó más flaco que una escoba. Odiaba hacer ejercicio. Especialmente, odiaba correr. Un buen día, la madre de Janos Weissmüller recibe este consejo del médico: “Tal vez la natación le sentase bien”. Y tan bien que le sentó. Con el nombre transmutado a Johnny Weissmuller y 20 años recién cumplidos, ese niño enclenque se convierte en el primer hombre en bajar la barrera del minuto en los cien metros libres. Durante años, fue uno de los mejores nadadores de todo el mundo, llegando a ganar cinco oros olímpicos. Podía haberse dedicado a seguir entrenando y compitiendo pero, en 1932, el director de la Metro S. van Dyke, que llevaba meses rumiando la idea de llevar Tarzán al cine, ve una foto suya en un anuncio publicitario de bañadores; impresionado por la masa muscular que se adivina en la foto, va corriendo a la piscina en la que entrena y en cuanto lo ve salir del agua piensa: “Es él. Lo he encontrado”. Y así, en 1932, Johnny Weissmuller deja de ser Johnny Weissmuller y se convierte en Tarzán.


A veces, el papel se apodera del actor.
A Bela Lugosi, los rectores de la Universal le compran una especie de castillo semiderruido y se lo acondicionan para que viva en él, con sus cortinajes oscuros, sus murciélagos criando en el torreón, su sótano, su ataúd acolchado… Piensan que será una buena inversión publicitaria. No piensan en las consecuencias para el equilibrio mental del actor: va al rodaje sin necesidad de cambiarse de ropa, recibe a las visitas sin quitarse los colmillos postizos, vive durante años siendo el conde Drácula. Para colmo de males, tiene una vieja herida en la pierna, que cada día le duele más, y acaba cediendo a la tentación de la morfina y del alcohol; así, las fronteras de la realidad terminan de difuminarse.
Johnny Weissmuller rueda doce películas en calidad de Tarzán. Durante dos décadas de su vida, pasa más tiempo semidesnudo que vestido, más tiempo descalzo que con zapatos, más tiempo rodeado de animales que de personas, más tiempo en un árbol que en la civilización. Para él, las fronteras de la realidad también van perdiendo nitidez.

Ambos pasan la vejez hospitalizados. Bela Lugosi se niega a llevar bata: quiere recorrer el hospital llevando su capa negra de forro rojo, quiere engominarse el pelo, quiere que apaguen la iluminación, quiere oír el aleteo de los murciélagos, exige cortinas que lo protejan del sol. En más de una ocasión pregunta si no podrían darle un poco de sangre a la hora de la cena. Por su parte, Johnny Weissmuller, carcomido por una enfermedad pulmonar, operado de la tráquea y de la faringe, condenado a la silla de ruedas, envenenado por los calmantes y reducido de más de 100 kilos a menos de 70, recibe con un gritito que apenas se oye a quienes se acercan al hospital a visitarle. Se agarra a los tubos del gotero como si fuesen lianas capaces de llevarlo a la selva. Insiste en que le quiten la ropa; que sólo necesita un taparrabos y un cuchillo. En vano intenta que resuenen los puñetazos que se da en el pecho, como resonaban cuando gobernaba la jungla.

En el último instante, les alcanza la lucidez.
Bela Lugosi, que está a punto de concluir su vida en un sanatorio psiquiátrico, señala con un dedo la pantalla del televisor y se despide del mundo con esta sentencia sublime: “No sé por qué me consideran loco por decir que soy el conde Drácula. Cualquiera de los que salen por esa caja está más loco que yo”.
Johnny Weissmuller, al recibir la última visita de su hijo, se echa a llorar. Su voz no se oye ni a dos palmos pero acierta a dejarnos una despedida inolvidable: “Llévame a morir a la selva, hijo; allí era el rey y aquí no soy más que un viejo del que todos se burlan”.

En el testamento de Bela Lugosi nos encontramos su última voluntad: “Quiero ser enterrado, vestido de conde Drácula”.
En el testamento de Johnny Weissmuller encontramos algo equivalente: “Quiero que en mi funeral se oiga el grito de Tarzán”.
Al leerlas, hay quienes piensan que estas últimas voluntades son puro desvarío, son inaceptables, son ridículas, infantiles, absurdas, intolerables, vergonzosas; nada más que un par de chiquilladas, impropias de hombres adultos. Y opinan que merecen ser incumplidas, pasadas por alto, ignoradas, despreciadas, tachadas, desoídas, desatendidas, olvidadas.
Sus hijos – ¡benditos sean! – se obstinan en hacerlas cumplir: a Bela Lugosi lo meten en su último ataúd vestido de conde Drácula, con el mismo maquillaje que llevaba en su primera película, con su capa favorita y con los colmillos puestos. En el sepelio de Johnny Weissmuller, a través de unos altavoces de 1000 watios, resuena el impresionante alarido que era capaz de emitir a los 28 años, cuando sus pulmones eran los del campeón del mundo de 400 crowl, los pulmones del mismísimo rey de la selva; el portentoso aullido que hacía acudir a los elefantes y a los leones; tan suyo y sin trampa como la cabellera rubia, aunque algunos piensen que era una especie de trucaje hecho con la Sound Blaster.

Ay, cómo se apodera el personaje del actor…
A Lauren Bacall le dice el director de CAYO LARGO: “Lo mejor será que te imagines que estás enamorada de Bogart”.


A Humphrey Bogart le dice el director de CASABLANCA: “¿Por qué no ruedas esta escena un pelín borracho?"


A Christopher Reeve, en una cena benéfica, lo presentan así ante más de dos mil personas: “Con todos ustedes, el señor Clark Kent”.
A Charles Chaplin lo vemos en una foto y pensamos: "es Charlot".
El Gordo y el Flaco seguían juntos y riñendo horas después del rodaje, días después del rodaje, años después del rodaje.
A Basil Rathbone, que más allá de toda duda es el Sherlock Holmes perfecto, un admirador del detective le niega el saludo al enterarse de que en realidad no fuma en pipa.


A Daniel Radcliffe ya me lo veo venir. Cuando tenga ochenta años y esté tirado en la cama de un hospital renunciará a los medicamentos; pedirá un remedio de la señorita Pomfrey o que le preparen una poción del profesor Snape.
Y cuando le pregunten dónde quiere ser enterrado, contestará sin asomo de duda: “En Hogwarts”.


Es la magia del cine.
La magia de creer que eres quien no eres.
La magia de vivir dos vidas en una. O tres. O cuatro...
La magia de creer que en pleno siglo XX y acribillado de achaques, aún sigues siendo el gatillo más rápido del Oeste, como decía John Wayne de sí mismo cuando el cáncer y la vejez ya casi se lo habían llevado de este mundo.


La magia de creer que el mundo verdadero no es este. ¡El verdadero es el que está al otro lado!
Sí... Es la magia más poderosa que existe.

Yo mismo, muchas noches, me acuesto creyendo que verdaderamente soy profesor de Química, aunque en el fondo sé que sólo es un papel que represento durante los días laborables, en función de mañana. En la auténtica realidad, soy el capitán de un submarino. Navegando bajo la superficie. En silencio. Alerta. Aprovechando la quietud de la noche en alta mar para revivir mis escenas favoritas y para escribir estos apuntes de cinéfilo empedernido. Confieso que hay noches, por cierto, en que me creo que soy escritor.

Ya lo advirtió el General Custer: “El mundo es un escenario; la vida, una obra de teatro”.


No, no, espera, que me he confundido. Esa frase no es del General Custer.


¡¡Es de Errol Flynn!!

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