lunes

  17. PANEM ET CIRCENSES

Sé que el latín no está de moda, pero no creo que por un título de tres palabras se vaya a cortocircuitar ningún cerebro. Suele traducirse como “Pan y circo” y hace referencia a la época en que Julio César decidió regalar sacos de trigo y entradas de circo para que la gente no tuviera ni tiempo ni ganas de analizar o criticar asuntos políticos. En tiempos de Fernando VII fue muy popular la variante “Pan y toros” y más recientemente se ha oído mucho la opción “Pan y fútbol”.
El concepto — con circo, con toros o con fútbol — es el mismo: mantener a tu cerebro entretenido para que no pienses ni valores ni analices ni critiques si lo que hace o deja de hacer el César es o no por el bien de su pueblo. Para lograrlo, gobernantes de todo tiempo y lugar han apelado a lo mismo: a tus más primitivas neuronas, las de cazador. Son neuronas que no se inmutan cuando ven sangre ajena (en los espectáculos taurinos hay mucha y en el circo romano había más aún) y que admiran todas las demostraciones de buena puntería (un pase al hueco, un gol desde medio campo, una canasta de tres puntos, un hoyo bajo par, un revés a la esquina en tenis…). Así, mientras tus neuronas más arcaicas centran su atención en un gladiador, en un banderillero o en un penalti tirado al poste, las más recientes no tienen tiempo para pararse a pensar qué nuevo decreto está planeando César o a quién beneficia la desamortización de Mendizábal o en qué ha invertido el gobierno cuarenta mil millones de euros de fondos europeos.

Pero todo lo expuesto ha sido superado con creces. Ahora estamos en la etapa “Pan y móvil”. Al circo, a la plaza o al estadio había que molestarse en ir, y a veces cerraban. Nada que ver con el móvil: está en tu bolsillo, siempre a mano, no te exige ir a ningún sitio; y está siempre disponible, no cierra nunca, no te obliga a respetar ningún horario. Ahora es justo al revés: te anima a pasar el día sin moverte del sofá, te invita a no saber en qué hora vives. Es tu circo a medida, llamándote, reclamando tu atención, veinticuatro horas al día, siete días a la semana.  

Funciona muy bien. Tiene un papel que cumplir y lo ejecuta sin contemplaciones. 
Primero, detectará qué tipo de distracción entretiene más a tus neuronas.
Segundo, te lanzará sus anzuelos; sabe que con alguno te enganchará. 
¿Has visto un concierto de Iron Maiden? Mañana te ofrecerá el último que grabaron con Clive Burr a la batería, dos de Metallica, la primera maqueta de Slayer y el irrepetible directo de Annhilator en Praga. 
¿Has visto dos vídeos de jóvenes cayéndose de un patinete? Mañana te ofrecerá siete de operarios que se caen de un andamio, once de chicas que resbalan en un trampolín y catorce de ancianos accidentándose en escaleras mecánicas. 

Y creerás que estás en el siglo XXI, pero no será verdad, porque lo importante no es dónde está tu cuerpo sino dónde está tu mente, dónde está tu atención. Donde esté tu atención, allí estás tú. Tu cuerpo está tirado en el sofá de tu casa, pero tú no estás ahí: tú estás en la piscina, atento a la chica que resbala y cae al agua; estás en Maracaná, soñando despierto que el penalti lo tiras tú. No estás en el siglo XXI: estás en el circo romano. Y mientras estás allí, contemplando una función que los algoritmos te han hecho a medida (en tu sillón, en tu horario, con tus gladiadores favoritos, en alta definición, con cascos inalámbricos y sonido 3D), a tu cerebro no le interesa lo más mínimo ni de dónde salen los fondos europeos ni quién los reparte ni qué se hace con ellos. 
“No me distraigas.” —diría tu cerebro— “Estoy ocupado. Con tanta diversión disponible, no tengo tiempo para pensar si quien ahora gobierna es mejor o peor de lo que fue Julio César; ni me importa. Tampoco me importa cómo acabó Julio César.”


Llamar al móvil “droga electrónica” no es un chiste, no es un juego de palabras; es un veredicto, una sentencia, un dictamen. Es, también, un aviso, una voz de alarma; un faro de juguete, con los cristales rotos y casi sin pilas, intentando hacerse ver en la espesa niebla.

Aparentemente, voy a cambiar de tema. En 2008 publicó Suzanne Collins el primer volumen de su trilogía “Los juegos del hambre”. Nos plantea la autora una sociedad donde los nuevos esclavos, asumiendo por la fuerza el papel de gladiadores, deben estar dispuestos a morir y matar en la arena, en directo, en un reality show de dimensiones nunca vistas, para entretenimiento y disfrute de la minoría gobernante, que decide el destino del prójimo desde la opulencia, la soberbia y el desdén.

La autora bautizó a este país imaginario “Panem” (que en la versión cinematográfica pronuncian como si fuese una palabra aguda). En medio de una novela escrita en inglés, es una palabra extraña, chocante. Muchos críticos plantearon las mismas dudas: “¿Por qué habrá elegido la autora esa palabra?, ¿habrá querido decirnos algo con ese nombre?” Tienes la respuesta delante de los ojos, en este artículo.

En realidad, no he cambiado de tema. Aunque las aplicaciones del móvil están diseñadas para atrapar tu atención y provocarte dependencia, aunque cada vez es más difícil aguantar un día entero sin que surja una razón convincente para encenderlo, aunque estamos tan encadenados a este artilugio como Prometeo a la roca, vivimos en un mundo donde siguen existiendo, de momento, los libros de papel.   

También son objetos muy poderosos. Al menos, que no es poco, te proponen otro ritmo, otro tempo, más lento, más sereno, más proclive a la reflexión, más adecuado para la puesta en marcha de nuevas neuronas, acallando a las que ven una presa en todo lo que respira. Levantarte una mañana pensando “Voy a leer la trilogía de Suzanne Collins”, te cambiaría la vida. Los tres libros suman mil doscientas páginas. Para leerlos, debemos aparcar las prisas, la impaciencia; debemos dejar de vivir como ese personaje de “Alicia en el País de las Maravillas” que está siempre agobiado, siempre mirando el reloj, siempre con miedo a llegar tarde a una cita que a lo mejor no existe más que en su imaginación. Si mil doscientas páginas te asustan, elige otro libro más pequeño y haz la prueba: busca un sitio tranquilo, deja aparcados el reloj y el móvil y siéntate a leerlo. 

Tal vez no aciertes. Tal vez elijas… qué sé yo… “Memorias de Adriano” y tengas la sensación de que ese libro no es para ti. 

Dale una oportunidad a otro. 

Nunca se sabe cuál va a ser el libro que desencadenará la magia (“La historia interminable”, “Yo, robot”, “El nombre de la rosa”, “El coronel no tiene quien le escriba”,) pero el hechizo está ahí, esperándote. Quizá esté en un anillo de Tolkien, en una pesadilla de Kafka, en alguno de los viajes de Gulliver, en un cuento de Borges, en las locuras de don Quijote, en la isla del tesoro o en el 221B de Baker Street, ¿quién sabe?

     
     Debo añadir una advertencia: si lees mucho, acabarás por plantearte si estás mejor o peor gobernado de lo que estarías con Julio César, con Nerón o con Calígula; de modo que por aficionarte a los libros no esperes vivir más feliz; vivirás más despierto, que no es poco.


NOTA A PIE:

A lo largo del artículo se nombran (o se insinúan) los siguientes libros. Están ordenados de más a menos extenso. ¿Te animas a leer alguno?

1. AVENTURAS COMPLETAS DE SHERLOCK HOLMES (4 NOVELAS Y 57 NARRACIONES)

The COMPLETE sherlock holmes, Arthur C. Doyle, inglés, de 1887 a 1927. La traducción clásica es de Amando Lázaro Ros, que le da al texto un regusto antiguo y ha sido editada cientos de veces. La más moderna traducción de Manuel Ibeas (completada por Antonio Molina Foix) respeta las dos características de la prosa de Doyle: frases sencillas, sin pretensiones literarias, y una exquisita precisión en los términos químicos, farmacológicos, forenses... al fin y al cabo, Doyle era médico.

2. EL SEÑOR DE LOS ANILLOS (3 LIBROS)

The FELLOWSHIP OF THE RING, THE TWO TOWERS, THE RETURN OF THE KING, John R. Tolkien, inglés, 1955. Traducción: Luis Domènech y Matilde Horne.

3. EL INGENIOSO HIDALGO SON QUIJOTE DE LA MANCHA

miguel de Cervantes Saavedra, español, 1604.

4. LOS JUEGOS DEL HAMBRE (3 LIBROS)

The hunger games, CATCHING FIRE, MOCKINGJAY, Suzanne Collins, inglés, 2008. Traducción: Pilar Ramírez.

5. EL NOMBRE DE LA ROSA                                             

Il nome della rosa, Umberto Eco, italiano, 1980. Traducción: Ricardo Pochtar.

6. LA HISTORIA INTERMINABLE

Die unendliche geschichte, Michael Ende, alemán, 1977. Traducción: Miguel Sáenz.

7. LA ISLA DEL TESORO

TREASURE ISLAND, Robert L. Stevenson, inglés, 1883. La primera traducción es de Agustín Jubera. La que se ha editado más veces es de José Torroba.

8. VIAJES DE GULLIVER

Gulliver’s travels, Jonathan Swift, inglés, 1726. La primera traducción que se publicó, y se sigue publicando, está firmada por Ramón Spartal, que no sabía inglés; es una traducción a español de la versión francesa, en la que faltan capítulos enteros. Traducciones directas del inglés: Juan Bueno, Pedro Guardia, Emilio Lorenzo, Juan de Luaces, Begoña Gárate, Francisco Torres. Mención especial para la traducción de Póllux Hernúñez, con más de 500 notas, explicaciones y comentarios a pie de página.

9. LOS DOCE CÉSARES                          

DE VITA CAESARUM, Cayo Suetonio, latín, 120. Las traducciones más editadas son dos: la de Alfonso Cuatrecasas y la de José Castro.

10. YO, ROBOT 

i, robot, Isaac Asimov, inglés, 1951. Hay, al menos, tres traducciones diferentes: Manuel Bosch, Rubén Masera, Luis Bermejo. La traducción de Domingo Santos (LOS ROBOTS, editorial Martínez Roca) incluye en un mismo volumen (600 páginas) las nueve narraciones de YO, ROBOT y otras dieciséis que Asimov escribió a lo largo de su vida.

11. MEMORIAS DE ADRIANO

Memoires d’Hadrien, Marguerite Yourcenar, francés, 1952. Traducción: Julio Cortázar.

12. EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA      

Gabriel García Márquez, 1961.

13. FICCIONES

Jorge Luis Borges, 1944.

14. ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS   

Alice’s adventures in Wonderland, Lewis Carroll, inglés, 1865. Es uno de los libros con mayor número de traducciones distintas. No es de extrañar, puesto que el libro está repleto de juegos de palabras, muchas veces rimados, y cada traductor ha solucionado el problema a su manera. Las más reeditadas: Juan Gutiérrez, Ramón Buckley, Mauro Armiño, Jaime Ojeda, Francisco Torres.

15. LA METAMORFOSIS   

Die Verwandlung, Franz Kafka, alemán, 1915. Traducción: No está claro si la traducción clásica es de Jorge Luis Borges o de Margarita Nelken. En todo caso, muchos traductores han mantenido el título (Susana Pradillo, Miguel Salmerón, Guillermo Tirelli) hasta que Juan Solar propuso “La transformación”, que es la traducción literal del alemán.


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